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¡Hola!

Soy la segunda de 12 hermanos y vengo a contaros mi realidad y la historia de cómo es vivir en una familia numerosa siendo «la mayor»: anécdotas y episodios llenos de alma. Os invito a surcar algunos capítulos de mi vida a través de palabras sinceras, pero con miedo al qué dirán. En cada apartado, vierto un poco de mí, de mis errores, aciertos, experiencias y, en definitiva, momentos porque como bien decía Víctor Hugo “un poeta es un mundo encerrado en un hombre”

Capítulo 18: Mi Caballero de Blanca Armadura

“Vuelve, que te estoy confundiendo con las flores”

-Andrés Suárez-

Maleta en mano, me dejé el corazón allí. Y arranqué. Con una nueva vida: en un nuevo lugar.  Y qué duro es aprender a decir adiós. Sus rostros. Sus rostros traviesos en la ventana sabían a sal y sus miradas hablaban de tempestad. Y qué duro, que duro fue despedirse con sus ojos atravesando el cristal.

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Llamé a la puerta de la casa de mis abuelos para decirles que no me iba para siempre, que mi corazón se quedaría allí, aunque mi cuerpo alado y helado volara con libertad enjaulada. Libertad.

Y le vi. Vi a mi abuelo sin su hermosa armadura blanca, desojando de lágrimas sus ojos y suplicando al miedo que escapara de allí y que yo me quedara en sus brazos para vencer juntos a los dragones que amenazaban y combatir al fuego con fuego sin dejar heridas/heridos, sin dejar manchas.

 Y yo, me vestí con su armadura el cuerpo y el alma. Fría. Sin derramar ni un pétalo, sin desojar margaritas. Tragué saliva y le di un abrazo de cicatriz. De cicatriz porque a ambos nos dejó marca. Manchas. Marcha…

Me fui a casa de mi abuela materna y allí estuve durante 3 meses viviendo. 3 meses de verano.

¿A ellos? Aún les veía. ¿Cómo no iba a hacerlo? A escondidas. Llamaba a la puerta del que fue mi hogar y allí sin atravesar la fina línea que nos separaba les saludaba. Les traía chucherías y en seguida, me marchaba.  De fondo se escuchaba la afilada pregunta: ¿Quién ha llamado? Y con inocencia de niños me escondían tras su mirada.

29 de junio de 2018. Por ese entonces, estaba realizando prácticas en un periódico. Me estaba estrenando como reportera.  Había detestado toda mi vida poner en práctica esa faceta de los periodistas, pero comenzaba a cogerle gustillo.  Ese día estaba deseando que terminara la jornada para contarle a mi abuelo la nueva experiencia, decirle que podría verme en internet, que era reportera como las de la tele. Ver su ilusión y escuchar como siempre sus sinceras palabras: “estoy orgulloso de ti. Vales un potosí”.

Al salir tenía varias llamadas pérdidas en el móvil. Era sobre mi abuelo. Estaba muy malito.  Desde hacía muchos años, mi caballero de blanca armadura sufría la enfermedad crónica EPOC. Y le achacaba y le cortaba sus hermosas alas de gaviota.

Cuando era niña recuerdo ver desde la ventana de mi casa como se llevaban a mi abuelo en ambulancia. Y recé. Recé a quien me estuviese escuchando. En aquella niebla de sentimientos, pedí que el tiempo me diera más tiempo para demostrarle lo importante que era él para mí. Era como mi padre, pero sin la comparativa. Y me escucharon. Y mi abuelo alargando su estancia en la tierra con el vuelo ahogado, se quedó y vio nacer hasta la última de mis hermanas.

Aquel 29 de junio de 2015 algo cambió. Mientras terminaba de comer recibí la llamada que tanto temía. Descolgué el teléfono y mi abuela me dio la noticia. Se había marchado.

Ya no estaba.  Mi caballero. Aún eran jóvenes sus ganas, pero sus alas estaban rotas y aunque todos nos esforzamos en coserlas, ya no resistían.

Me puse frente a él para darle mi último adiós mientras tatareaba aquella canción que compusimos y que nunca pudimos cantarle. En vida: “volveré a convertirme gramo a gramo en tu gaviota, quiero ser tus alas cuando las tuyas estén rotas…” Así comenzaba…

Dicen que madurar es aprender a decir adiós, pero joder, me ahogaba. Demasiadas despedidas juntas. No sé quién movía los hilos allí arriba, pero se estaba cebando. Mi tía Conchita, su hija, se encontraba en Cartagena cuando le dijeron que viniera a Madrid, que el abuelo estaba muy malito. No le habíamos dicho que había fallecido porque iba al volante y teníamos miedo de que le pasara algo. Cuando entró por la puerta se respiraba en el aire su falta.  Y no tuvimos que decir nada más.

No nos enseñan a decir adiós a un ser amado, no nos enseñan a mirar de frente a la muerte sin acongojarnos. Sabemos que es una fase de la vida y que a todos tarde o temprano nos llegará, pero no nos preparan. Y cuando llega el momento de las presentaciones nos acojonamos. Y huímos de todos e incluso de nosotros mismos.

 

Ese día mis abuelos hubieran hecho 50 años de casados y la hermana de mi abuela paterna, Conce, cumplía años. Habría sido un día para celebrar. Habría.

Y desde ese día, me quedé eternamente acunándome en sus recuerdos. Y en mi mente se escuchaba el eco de su voz junto a su petición cargada de plumas, aquellas plumas que tanto le faltaban: “no dejes nunca de escribir”.

Y no lo hago abuelo, aquí sigo. Meciéndome en el filo hilo de realidad y ficción, cobijándome en la paz que me regalan las palabras y el perfume que desprende su vivo olor y color.

Me da vida, ¿sabes? Escribir me otorga calor, aquel que me hace falta cuando no encuentro tu mirada de caballero en ninguna dirección.

PD: a mi caballero de blanca armadura, boina en el pelo, traje de sentimientos y  alma de luz eterna. Mi poeta de chistes argentinos, de tardes en el retiro, de dar su vida aún sin aliento.

A mi abuelo que supo amar y ser amado.

Gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 17: Raíces

«Te has perdido quien soy»

-Vanesa Martín-

 

En un mundo con tantas distracciones no sabemos estar solos con nosotros mismos. Creo.

Y digo solos, SOLOS: sin coger el móvil, ver la tele, leer un libro…

Supongo que es porque intentamos abstraernos de  nuestros propios pensamientos a toda costa. A pesar de todo, pedimos y rogamos que nos escuchen cuando no sabemos ni escucharnos a nosotros mismos. (¿Por miedo…?).

Deseamos encontrar a personas que les interese verdaderamente lo que estamos contando, que se preocupen, hagan preguntas, ofrezcan consejos, presten atención, mantengan contacto visual, muestren sinceridad, sean cercanas y respeten.

Deseamos contar lo que nos ocurre sea bueno o malo.

Por esa razón, cuando encontramos alguien que conserva el don de saber escuchar deseamos desnudarnos por dentro y por fuera.

Por desgracia, no es muy frecuente encontrar a quien posea este don. Es más frecuente tropezar con Egolatría de frente que aplastante y Diva se tapa los oídos, omite tus sentimientos y como si nada responde narrando su historia.

Te corta el vuelo la muy cabrona: 

«Habías cogido carrerilla, ya estabas volando y, de repente,  te secciona las alas. No hay escucha sincera. Solo el egoísmo y la necesidad de hablar, aunque nadie te preste atención».

Desgraciadamente, no es muy frecuente hallar a alguien que posea este don, pero existen porque con el tiempo las prioridades cambian»

Quizá sea como encontrar luz en la oscuridad de un túnel. Quizá solo la descubras al final del camino (vida).

Tiempo. Danos tiempo.

A mí también me ha ocurrido. En innumerables situaciones:

 Decido desdoblarme de mis miedos y atreverme a contar un pellizco de mi vida y mis historias. Y después, y casi de forma perfectamente calculada, viene el vacío interno y externo.

No hay nada.

No hay interés o existe, pero les da miedo mostrarlo.

Nadie pregunta por si incomoda.

Maldita diplomacia, maldito protocolo, malditos miedos.

Y ahí, es cuando te quedas en la estacada, habiéndote desnudando por completo. De repente, te sientes ridícula y te avergüenzas por haber depositado confianza en una persona que tiene como única respuesta sus propias historias o incluso alude al tiempo y a sus inclemencias para esquivar el momento.

Tiempo. Danos Tiempo.

Y es que creo que la clave está en el tiempo. En mi caso, tan solo he podido tener conversaciones sinceras con personas con más edad que yo.

Ellas saben cómo duele que confieses tus alegrías, tus deseos y tus pecados y no haya interés.

Ellas saben que hay momentos en los que necesitas desplegar y echar a volar.

Sin pausas. Sin interrupciones ególatras. Sin titubeos.  

No es cuestión de marcarse un monólogo y convertirse en el centro de atención siempre, pero para todo hay un momento y para todos también.

Por culpa de Egolatría y su abrumadora presencia observamos como pasa el tiempo y como poco a poco vamos perdiendo a las personas que nos acompañan en el camino y no porque se hayan marchado lejos.

Están muy cerca, pero «se han perdido en quien te has convertido» por estar pendiente y observar tan solo sus dedos, sus pasos, su aliento. Y tú también te has perdido quiénes son.

Un día levantáis la mirada y sentenciáis firmemente: “has cambiado. Ya no eres la misma/o”.

 Y quizá sea así porque os habéis perdido los tatuajes de la piel, los bailes de salón, los llantos a escondidas, el segundo amor, las cicatrices, heridas, los versos y poesías.

Os habéis perdido quienes sois y cuando os dais cuenta, comienzais a escuchar, a querer de verdad, a aprender el arte de amar, el arte de escuchar, el arte de vivir, el arte de soñar.

Si. Lo confieso. A mí también me ha ocurrido y en innumerables situaciones me ha poseído Egolatría. Lo siento. Por eso, hay que estar preparados y aprender a escuchar porque ocurre.

Ocurre. Llega el día que tienes que descolgar el teléfono para contar una buena noticia y necesitas escuchar al otro lado un sincero: “me alegro tanto por ti…”

Ocurre. Llega el día que tienes que descolgar el teléfono para contar una mala noticia y deseas escuchar al otro lado un sincero: “voy para allá”.

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Y sí, a mí también me ha pasado.

Llegó. Llegó el día que tuve que marcharme de mis raíces, arrancar las malas hierbas y sembrar en otro lugar. Crecer sin adversidad. O con ella, pero en otro sitio, en otro corazón, en otro hogar.

Una noche de mayo la puerta se cerró de golpe y tras un fuerte portazo nunca más volvió a abrirse o al menos, no como antes.

De raíz. Arrancaron mi alma de la raíz de sus corazones y me fui como si fuera una extranjera, una reclusa, una desertora. Maleta en mano, me dejé el corazón allí. Un trocito de aquella niña se quedó en el que había sido mi hogar. 

«Les he dejado. He fracasado, me he rendido”

Y en aquella noche de mayo no quería hablar, tan solo quería abrazos. Yo. La chica ortopédica en emociones y sentimientos.

Y por las calles de Madrid, el único refugio al que podía acudir era mi familia…

Pero,  ¿qué ocurre cuando la familia te falla?…

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Por eso existen otro tipo de familias: las que creamos a lo largo de nuestra vida. Aquellas que te responderán y descolgarán el telefóno y dirán un sincero: “voy para allá”.

Un confidente para romper a llorar en playas con mareas altas. Alguien que sepa escuchar cada gota que derramas.

Esa noche toqué fondo por primera vez desde hacía mucho tiempo y no quería consuelo.

“Negarse a escribirlo no lo hace menos verdad” Me repito cuando estoy con “Soledad”.

Ellas. Nunca me faltaron: la voz de la experiencia, la voz de Ellas quienes saben lo importante que es que alguien esté a tu lado y te escuche, nunca me soltaron, pero, ¿dónde estaban las demás? ¿dónde estaban esas “chicas poderosas para tirarme sus cables y sacarme de allí?

Sin querer, esa mañana solté en forma de manantial de tristeza mis palabras a un confidente, pero lo hice porque no podía más. La realidad era que no quería hablar. Incluso hoy aún  me da vértigo confesar parte de lo que soy.

Quizá  porque esos días eché en falta tener al otro lado “una chica del cable” que se preocupase, hiciera preguntas, me ofreciera consejos, me prestara atención, mantuviese contacto visual, mostrase sinceridad, fuese cercana y me respetara. Fuese bueno o malo lo que tuviera que contarle. Lo que tuviese que contarme.

Estar. Como “Ellas”, la de las voces de la experiencia que siempre estuvieron.

Siempre están. Con mareas altas y bajas. Están.

Somos un puzle, ¿sabéis? Estamos hechos de historias y cada una de ellas perfila poco a poco nuestra forma de ser y vivir. La pieza de la noche de mayo en el puzle de mi vida se encuentra muy cerca del corazón. Y si te pierdes una, es posible que no entiendas el puzle completo.

Somos piezas, si,  pero ¿quién las conoce todas? Ni siquiera nosotros porque nos da miedo estar a solas con nosotros mismos.

 Se han perdido quien soy, sí, pero  yo  también me he perdido muchas veces. Y también les he perdido.

Y en eso estamos, encontrándonos en el camino de la vida para aprender a escuchar, aprender a amar. Aprender.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 16: Vida

“Confía en el tiempo que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”

-Miguel de Cervantes-

Recuerdo decirle a mi padre que no quería más hermanos y también recuerdo su respuesta:

– ¿No te hubiera gustado haber conocido a Jesús? ¿o a Nazareth? ¿a Samuel o a Verónica? Pues lo mismo te ocurrirá con el que venga – decía mi padre

Eso no es justo contestaba yo.

Mi madre volvió a quedarse embarazada después de Carmen, la última de mis hermanos, pero intentaba ocultarlo.

Una postura lógica si se tiene en cuenta la reacción negativa que reinaba más que la ilusión ante la noticia de un nuevo niño o niña

Lo ocultaba.

Ainhoa:  ¿No lo has notado?

Mariu:  Si, pero, ¿tú crees que puede ser posible? ¿otra vez?

Ainhoa:  ¿Te extraña? Mira, me da igual se lo preguntamos y salimos de dudas…

 

–  Mamá, ¿estás embarazada otra vez? – dije yendo directa al grano.

– ¡No! pero qué tonterías dices hija- respondió sorprendida.

Ya. Mamá, ¿te crees que somos tontas, ¿verdad? – insistió mi hermana.

Bueno, si estoy embarazada ya el tiempo lo descubrirá. Además, ¿qué más os da? contestó sin titubear

No os metáis donde nos os llaman guapas– intervino mi padre en la conversación.

¿Qué no me metiera donde no me llamaban?

Tendría sentido si luego no me llamaran.

1ª Incoherencia.

Permítanme madres y padres de familias numerosas hacerles la siguiente reflexión:

Sea por el motivo que sea, religioso, espiritual o porque les haya dado la gana como es el caso de mi gran familia…Créanme, no estaría de más consultar cuál es la opinión del resto de hijos e incluso si me apuras de la familia en casos como el nuestro en los que ayudaban a todos los niveles, pero sobre todo, económicamente con el 50% (y más) de los gastos.

 

Ya éramos muchos, estábamos cansados física, moral y económicamente. No tenía ningún sentido seguir teniendo más hijos, más hermanos. Aún así, seguían negándo que estaba embarazada de nuevo. Por esa razón,  y ante la sospecha, mi hermana y yo nos pusimos en alerta.

Por si acaso.

Deseando no encontrar señales.

Al tener los embarazos tan seguidos era difícil que la tripa volviera a su ser, por lo que ni mi hermana la mayor ni yo  podíamos dejarnos guiar por esa indicación Teníamos que ser más astutas y prestar atención a otro tipo de detalles para adivinarlo.

Adivinen ustedes.

Y entonces, llegó la señal.

Una señal clara, nítida, palpable, viva y muerta.

Verano de 2010

Una tarde de verano en el pueblo mi madre no se encontraba bien. Llevaba dos días con sangrado vaginal.

Mi hermana y yo nos alegramos porque creíamos que era el periodo, que le había bajado la regla, que no habría nuevo hermanito, que las elucubraciones que nos habíamos hecho eran solo eso, elucubraciones.

Hasta entonces ni mi madre ni mi padre habían dado la noticia de que estaban embarazados por lo que era posible que no fuera verdad.

A la mañana siguiente, mi madre continuaba con los mismos síntomas.

Ya era el tercer día. Continuaba en la cama para recuperar las fuerzas que le faltaban.

Por la tarde, se animó a  bajar las escaleras de la casa.

Falsa alarma. No se encontraba mejor, tan solo quería ir al baño. 

Entró y al cabo de unos segundos oímos un grito ahogado en lágrimas. Mi madre abrió la puerta del servicio desesperada como si le hubieran arrancado algo.

Y es que eso es lo que había ocurrido.

Un caudaloso río rojo caía con fuerza entre sus piernas.

¡Jesús llama a urgencias! ¡Madre mía Jesús! ¡Dios mío! – y temblaba ella y su voz.

Mientras llamaban a urgencias, la llevamos a mi cama en la habitación de abajo para que se tumbara.  

A la espera de la llegada de los profesionales, nuestra vecina del pueblo y yo intentábamos dar conversación a mi madre porque poco a poco iba perdiendo la conciencia.

En un pueblo perdido y alejado de la mano de Dios, ni si quiera su fuerza llegaba.

Y tardaron, pero vinieron.

Cuando entraron por la puerta, mamá ya no acertaba a decir frases con sentido.

– Ha perdido mucha sangre- dijeron los médicos

Llevaba sangrando tres días, pero pensábamos que podía ser normal– respondió mi padre

La cara de incredulidad del enfermero fue su única y sincera respuesta.

La cogieron de pies y manos porque mi madre no era capaz de ponerse de pie. Desde fuera de la casa, los niños y yo esperábamos.

De repente, tras escuchar un anegado grito, entré con la intención de ayudar y vi como en volandas llevaban a mi madre  hacia la ambulancia.

Inverosímil: un chorro  de sangre era lo único que nacía  y crecía del cuerpo inmóvil de mamá.

Y a su alrededor llovían manantiales de rabia y desesperación.

¡Joder!

– Sal de aquí cariño. Idos a casa- nos decía nuestra vecina al ver la angustia en mi rostro.

Y eso sentía. Angustia.

Se la llevaron.

Nos quedamos al cuidado de la vecina, limpiando las sábanas, el suelo…todo.

Lorena la hija de nuestra vecina nos ayudó a sacar las sábanas, a meterlas en la lavadora y a tenderlas. No lo olvidaré nunca. Ni a ella ni a su sonrisa tampoco…

Me había quedado en shock total.

No quería un nuevo hermanito, pero tampoco quería que le pasara nada malo a mamá.

Y me sentí culpable por ello, por mis pensamientos. 

Mi madre estaba de 3 meses cuando perdió el bebé.

No era la primera vez que sufría un aborto. Entre mi hermano José María y yo tuvo otro. Sin duda, la peligrosidad y el riesgo de este y el embarazo número 14  no tenían parangón.

No recuerdo cuántos días estuvo ingresada. Solo recuerdo que cuando regresó nos dijo que el médico le había recomendado parar por cuestión de salud. Eran muchos embarazados a las espaldas y el cuerpo resentía el peso.

Cuando sufres un aborto suelen recomendarte reposar durante 3 meses para dejar curarse al cuerpo por dentro. En el caso de mi madre, tendrían que esperar más si aún les quedaban ganas.

Y les quedaban.

A los tres meses del incidente de nuevo volvieron a intentar quedarse embarazos. Y lo consiguieron. 2º Incoherencia.

En Madrid una madrugada cuando todos estábamos durmiendo me despertó mi padre alarmado.

Era Mamá.

Otra vez.

Joder mamá, ¿en serio estás embarazada?- le decía mientras llevaba una pila de gasas para calmar la hemorragia.

No, es que tengo unos bultos que a veces me hacen sangrar

Venga, ¡hostias! ¡Deja de mentir!

Paré de insistir. Estaba claro que no quería decir la verdad y tampoco era el momento para interrogarla.

La llevaron a urgencias y allí le practicaron un legrado o curetaje, una técnica quirúrgica que puede realizarse dentro de los primeros tres meses y es que de nuevo había vuelto a perder al bebé en el mismo mes de embarazo.

“Un desgarro interno” así lo definía mi madre.

“Ni partos ni nada. Aquello sí era dolor”, confesaba.

Tras este episodio, los médicos insistieron en la necesidad de realizarle a mi madre las trompas de Falopio o una vasectomía a mi padre. Daba igual qué remedio escogerían, pero debían acabar con aquello. Eligieron la primera opción.

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Con el paso de los años mi madre me confesó que en el segundo aborto, aquel día en el pueblo en el que perdió tanta sangre, los médicos le habían dicho que había estado a punto de perder la vida por insistir en seguir dándola.

 

No quería hermanos, pero tampoco perderla. Eso estaba claro.

 

Una noche se sentó a charlar conmigo y me desveló la enorme pena que le había producido perder a los dos últimos bebés. Y yo no podía entenderlo:

Pero, mamá si ya tienes muchos hijos…

Ella creía firmemente que la llegada de un nuevo miembro a la familia haría cambiar el rumbo de la vida que se torcía cada vez más. Un apoyo para enderezar el camino. Y me lo reconocía mientras se le inundaban de lágrimas los ojos.

Seguía creyendo. 3º Incoherencia.

Y mientras la escuchaba me sorprendieron mis propios pensamientos:

«Ojalá hubieran nacido. ¿Más trabajo? ¡Bah! Somos 12 uno más no hubiera sido para tanto, ¿verdad?…»

 

 

 

 

 

 

Capítulo 15: Estaciones

“Ser valiente no quiere decir que debas buscar problemas” -El Rey León-

Y si, Mufasa tenía razón. No era necesario meterme en problemas para demostrar que era valiente. Eso ya lo sabía, ¿o no?

De cualquier modo, sabía que tenía que demostrar a mis fantasmas que estaban equivocados, que me juzgaban mal.

Quería que pararan.

Y lo hice, les demostré que no era como me pintaban.

Un día fui en busca del gran fantasma. Me habían dicho que estaba triste, que ya no asustaba, que se refugiaba en la sombra de los charcos que sus lágrimas creaban.

Y fui a su encuentro, pero no para reírme de cómo lloraba.

Fui para decirle que hasta los fantasmas tienen sus propios fantasmas, que no estaba solo, que se arropara en la sábana que le llevaba.  

Se quitó la sábana y me dejó ver lo que escondía debajo de tanta farsa. Hay estaba: una «niña» se ocultaba tras sus telarañas de miedos e inseguridades. Y contra todo pronóstico, quise ayudarla.

En un cercano pasado, me habían hecho tanto daño sus palabras, sus mentiras, sus miradas…

Todo el mundo tenía una visión de mi equivocada por culpa de ella, por culpa de sus sentencias, pero allí vi que estaba rota y necesitaba sanar sus alas.

Y eso es lo que hice, tendí la mano a mis fantasmas. No me enfrenté a ellos, tan solo les demostré que no tenían motivos para hacerlo, que yo no era su enemiga, que su enemiga eran sus propios miedos. 

Y se desnudó y me dijo: «lo siento»

Y así, fue como eliminé esa sombra que me pesaba. A partir de ese momento, caminábamos por distintos senderos libres y sin ponernos trampas.

Y la perdoné, y lo hice de corazón porque, ¿de qué sirve el perdón si es de mentira?

En fin, todo tiene una explicación y es que, desde lo más profundo de mi ser creo que las personas pueden cambiar.  Por eso acepté las disculpas.

Fue entonces cuando se agolparon las críticas y comentarios: ¡ingenua! ¡Ya aprenderás! ¡Inocente! ¡Las personas no cambian! ¡Ya verás como te vuelvan a atacar los fantasmas, conmigo no cuentes!

Pues bien, señores y señoras tolerantes… ¡déjenme construir mis ideales!

Sí, creo firmemente que las personas podemos cambiar porque somos libres para decidir quienes queremos ser y cómo queremos ser, creo que podemos cambiar o modelar nuestro comportamiento y nuestros hábitos.

Creo que las personas pueden reinventarse, y no solo lo pienso yo, sino cientos de expertos en la materia.

Piénsalo: ¿tu cerebro tiene la capacidad de modificar, eliminar y reestructurar el conocimiento, las acciones, los recuerdos?

Si, (te digo yo a ti que sí), y si es posible es por la neuroplasticidad, uno de los milagrosos procesos que tiene nuestro cerebro, es decir, somos capaz de evolucionar mentalmente para aprender algo nuevo. Entonces, lo considero extrapolable:  modificar los patrones de conducta, nuestro comportamiento, nuestra forma de vida.

¿Es que acaso no podemos ser como las estaciones? ¿No podemos cambiar? ¿Decidir si quiero ser verano, si me va mal siendo invierno, si acaricio demasiado siendo primavera, si estoy cómodo siendo otoño? Adaptarnos.

Por ejemplo, en mi caso, me defino como una persona poco sociable por herencia en cierta parte, pero ni mucho menos es la parte más decisiva. Todo con práctica puede lograrse. 

Retomando el tema: conseguí romper la piedra angular de aquel problema, anular a la responsable de que aquello ardiera, pero ya sabéis, donde hubo fuego cenizas quedan. Y no solo en el amor.

Ella había prendido en el resto de los fantasmas creencias sobre mí que aún estaban encendidas y aunque no eran más que pequeñas “brasas”, a veces sus chispas quemaban.

Y es cierto Mufasa, no quería problemas, pero los puse en una balanza y me pesaban tanto que algo tenía que hacer. Ya había callado la voz más fuerte y ahora el eco de sus actos reverberaban.

¿Qué tenía/debía hacer? ¿Otra vez acercarme? No, lo tenía claro.

La primera vez las circunstancias eran distintas y mi posición también, pero en esta ocasión estaba cansada de callar bocas de alcantarilla y robarles a los fantasmas sus mantas.

Estaba vez decidí que, si querían enredarse en mi sábana, les estaría esperando como el que esperaba la luz en los meses oscuros de Islandia.

 

 

 

 

Capítulo 14: Cadenas

“Un valor esencial en una sociedad es la obediencia voluntaria de las normas. La sociedad que no lo reconoce está siempre al borde de la extinción.» Jorge González Moore.

 

Ese era mi remedio para que la culpabilidad no ardiera en mi interior. Era sencillo, seguir las normas y actuar como debía.  Siento deciros queridos lectores que no soy rebelde, soy de peñón fijo y no puedo evitarlo.

No soy guerrera ni llevo armaduras blancas. Sin embargo, me duelen tanto las injusticias como a quien las sufre porque tengo la maldita desgracia de en ocasiones ser demasiado empática. Y digo desgracia, porque en una conexión totalmente lógica (ironía), a veces identifican la empatía con la estupidez, la ignorancia y la debilidad.

Y no soy guerrera, pero soy fuerte.  

No soy rebelde, pero protesto, grito y a veces vuelo libre frente a las miradas de quienes se creen que son los dueños de mis sentimientos.

No soy rebelde, pero me duelen los míos y podían y pueden arañar mi espalda y dejar cicatrices, pero dejen en paz a aquellos que siento cerca.

Y me daba igual enfrentarme a dragones con aliento a tiempo, recibir latigazos del viento, mirar al miedo a los ojos y confesarle: ¡Ni si quiera te odio!…

pero, ¿se podía? ¿se puede no ser rebelde y levantar la voz?

 Una vez me preguntaron:

– ¿No sientes cómo si fueras distintas personas a la vez, dependiendo de con quién te encuentres o el escenario en el que estés? Si es así, es porque aún tú personalidad está vestida de miedos.

Camaleónica: así era mi alma: cobarde cuando tenía que serlo, valiente cuando no había más remedio, alegre si lo pedían, triste si lo deseaban.

Camaleónica porque me adaptaba a la situación, me disfrazaba de princesa en apuros o de tímida, de mujer diamante o de amante perdida.

Y no lo comprendía, ¿es que acaso no puedo ser todas ellas? ¿no puedo ser cobarde y valiente a la vez? ¿ser tímida y rebelde? Con el paso del tiempo he ido consolidando mi postura.

Sí, creo firmemente que cada una de ellas era yo: la cobarde, la valiente, la alegre, la triste y la rebelde. Todas ellas se unen y dan forma a mi ser.

Todas.

La que se enfrentaba a sus dragones, la que se escondía para que no la encontraran, la que gritaba cuando las palabras dolían, la que frenaba los golpes a tiempo, la que callaba, la que echaba de menos y de más en el baúl de los recuerdos, la que creía en el resto, la que quería y odiaba sus demonios internos.

Todas ellas.

Sin embargo. poco a poco comprendí cuál era el problema de dividir el alma en tantas partes. Es un acto involuntario que ponía en práctica para protegerme, quería ser aceptada y si hacía falta dividir mi personalidad para adaptarme a los escenarios de la vida, lo hacía.

Me sacrificaba. Un gran fallo.

Actuar de esa manera era una forma de proteger mis inseguridades. Solo con el tiempo pude darme cuenta de ello y cuando lo hice grité y mostré al mundo como cantaban mis adentros y como emanaba poesía de mis llantos.

Me propuse dejar de disimular  palabras y  abrazos.

Y fue entonces cuando las múltiples partes de mí se unieron para conformar mi personalidad.

Juntas las piezas eran AINHOA. Daba igual  el escenario: podía mostrarme débil y alegre, loca y equilibrada, radiante y triste.

Era yo.

Llegar al nuevo pueblo fue todo un reto para mí: me consideraba una chica madura en algunos aspectos importantes, pero en otros patinaba y mucho. Y así, iba por el mundo como muchos adolescentes: con mi personalidad camaleónica divida para contentar a los de mi alrededor.

Mi relación con Raúl iba tomando buena dirección. Me gustaba cómo era cuando estaba con él. 

La primera vez que Raúl me pidió salir le dije que no porque antes estaban mis hermanos. Todos los viernes tenía que estar con ellos porque mis padres se marchaban como recordaréis a salvar el mundo de la mano. Y aunque la rebeldía quería instalarse en mí y saltar, al final ganó esa batalla la culpabilidad.

A Raúl le di una verdad a medias: no tenía tiempo porque había mucho que estudiar, así que no podía salir con nadie. Y a pesar de la tan absurda respuesta que le colé (ni que fueran oposiciones), me esperó.

Dijo que lo haría  y a día de hoy lo sigue haciendo.

En esos momentos en mi casa, decidí hacer huelga. Estaba cansada de tantas tareas y agotada de la culpabilidad que me oprimía por no hacerlas. Y huía de allí.

Huía de mí.

Pero al final, todo quedaba en un mero intento porque siempre regresaba.

Me quedaba.

También me liberaba salir a la calle  con mis amigos/asMi plan de escape.

Cuando podía utilizaba mi plan de escape  y partía mi alma si hacía falta para disfrutar, pero de repente el plan de escape se tornó gris. Mi plan B se había quebrado.

En el exterior nadie me estaba esperando. Las personas me recibían con los brazos cerrados.

El mundo fuera de las paredes de mi castillo de arañas me daba la espalda. Se reía de mis sombras y jugaba a arrastrar mis miedos por las plazas públicas 1.0.

Y así fue, como mi escape hacia la tranquilidad se quebró junto a mi esperanza.

Me juzgaron y condenaron.

En esos momentos, salir a la calle no me liberaba. Cuando salía de casa para buscar cobijo, tan solo encontraba arañazos.

Más arañas. Fuera y dentro.

Miradas, palabras, desprecios, sentencias, injurias y agravios…

Os juro que intentaba no quejarme ni mostrar pena, pero ¡joder Vida, te estabas pasando!

Y lo afronté como creía que haría menos daño: en vez de vestirme con armadura negra como me hubiera gustado y frenar el problema con una estocada en su núcleo interno, decidí disfrazarme de indiferencia o a veces mal reconocida  cobardía e incluso falsedad. Tenía batallas más importantes que ganar.

Me había enfrentado a dragones más grandes y ya no les tenía miedo, pero estos fantasmas me bloqueaban con sus cadenas. Condena.

“La única cosa realmente valiosa es la intuición” Einstein.

Y aunque no sabía que Einstein había formulado esta frase tan potente, estaba convencida de que mis fantasmas no eran irreales. ¡Existían, querían asustarme y provocarme miedos!

“No hay nada ni nadie, son tus demonios” me decía valiente “mi equilibrio”

¡No! Sentía su rubor, odio, desprecio, rabia…

Mi plan de escape se fundía y me quedaba atrapada en un laberinto con tardes de gritos y días de menosprecio. Algo tenía que hacer para quitarle la manta a mis fantasmas, prender fuego a sus ideas, mostrar su rostro y reprimir sus ganas de dejarme sin alas.

Algo tenía que hacer.

Y lo hice.

 

 

Capítulo 13: Mi mimada

La más pequeña de la casa llegó y como todo el mundo profetizaba: iba a ser la más mimada.
Sin embargo, la situación seguía siendo la misma: muchos niños y pocos ojos para vigilarles, atenderles y cuidarles. Siempre digo lo mismo: tenemos más probabilidades por lógica aplastante de vivir más episodios alegres, tristes y de todo tipo…Muchas más probabilidades.

Y eso me genera un gran temor.
Fue durante una noche de otoño cuando nos vimos frente a un nuevo semáforo en rojo.

Todos estábamos preparándonos para irnos a acostar. Ya habíamos cenado y nos agolpábamos en el baño, enjuagándonos los dientes mientras nos peleábamos por un pequeño hueco en el lavabo. Un día como otro cualquiera.

Mi padre tuvo que regresar a la oficina porque se le había vuelto olvidar apagar las velas que tenía por costumbre encender mientras trabajaba. Ya sabéis, sus tendencias místicas y demás.

En las horas de las cenas él también se apagaba y volvía a encenderse cuando el sol se acostaba.
Ese día cuando salí del baño ganando la batalla a los pequeños en la conquista del espacio, encontré a Juan enrabietado con la pequeña Carmen. No recuerdo la edad que tendría en ese momento Juanito, pero aún era un enano.

Y lo vi:

Carmen puso sus delicados dedos en la puerta de la habitación de mi hermana la mayor, en la parte de las bisagras. Sin controlar sus pasos ni sus impulsos Juanito cerro sin frenos la puerta.

No reaccioné tan rápido como él empujo la puerta y cuando quise apartarla ya la había pillado. Los que tengáis niños pequeños en casa sabréis que esto es de NOVEL, que en las puertas hay que poner algún tipo de seguridad o si no, controlarles al máximo, lo mismo que con los enchufes, los picos de las mesas…etc.

Cuando son niños cualquier elemento inofensivo de la vida diaria se puede convertir en un fiero e innecesario episodio en urgencias, pero mi casa no cumplía esas medidas de seguridad por lo que se convertía en un campo de minas para los que iban a gatas.

En realidad, demasiada suerte hemos tenido y tenemos. (Y por favor, sea quien sea el ángel de la guarda, que siga protegiéndonos).

Y así fue. De nuevo, había que recorrer el camino hacía aquella fría sala de espera.

Mi madre cogió a Carmen y en un acto de valentía se decidió a tomar las riendas. Me dijo que le acompañara. Y eso hice.

Mi hermana Mariu se quedaría con el resto de los niños y nosotras esperaríamos a que de nuevo mi padre regresara de apagar sus velas y sus fantasmas. Mientras bajábamos las escaleras de mi casa, mi madre perdió la seguridad que le empoderaba y se cayó mareada al ver la herida.

No debía de haber mirado: Carmen tenía la parte superior del dedo índice desprendido.

Me considero una persona bastante aprensiva, por lo que evité en la medida de lo posible repetir el error. Tomé a la pequeña en brazos y dejé a mi hermana Mariu ocupándose de mi madre.

Con prisas aceleradas de nuevo me vi esperando en el portal la llegada tardía de mi padre.

Juraba que en cuanto pudiera me sacaría el puto carnet para no tener que esperar también en el portal.
Montamos en el coche. Carmen sonreía y sus ojitos se cerraban: quería dormirse para calmar el dolor.

Algo me decía que no debía dejar que se quedara dormida. Así que, mi misión de camino al hospital fue esa: no dejar que se durmiera.

Después, los médicos me dijeron que había hecho lo correcto…

Una vez más atravesé las puertas de urgencias y entré, de nuevo llorando con mi pequeñita en brazos. No quería que me dieran el punto rojo porque eso suponía aceptar que volvíamos a estar en fase de “resucitación”, pero por no sentirla como lo hacía, me daba igual que color me pusieran: me quería saltar todas las reglas cromáticas si así conseguía que la atendieran.

Mi padre de nuevo fue a buscar aparcamiento y me quedé con Carmen dentro. Me preguntaron que si era su madre y mientras Carmen lloraba gritando y se agarraba porque no quería separarse de mí, mentí:
-“Si soy su madre”. (y la mismísima Virgen si ella me necesitaba)
-“Entonces pase y esté con ella”-y me refugié en sus palabras.

Me dejaron pasar al interior y los médicos cogieron a Carmen para inspeccionar la herida. Se puso tan nerviosa que finalmente optaron por sacarme de allí para descartar la posibilidad de que fuera mi presencia la que le alterara.
Y me fui a la sala de espera: esperando a que Carmen terminara y a que mi padre volviera.

Me fui al baño de urgencias para que el resto de personas que estaban allí no se alteraran al verme. De normal, soy bastante expresiva y en seguida se aprecia en mi rostro el mensaje que quiero transmitir, así que, en estas situaciones y como al resto de la humanidad, se multiplicaron mis ansiedades. Pero, no era justo. El resto de personas que estaban sentados allí también tenían sus penas y sus dolores y me sentía mal si llegaba a transmitir esa sensación en el resto porque imagino que bastante tendrían con lo suyo.
Ya en el baño me desahogué llamando a Raúl que me tranquilizo como solo él sabe hacerlo.

Mi equilibrio.

Mi madre llamaba cada 20 minutos para saber qué había ocurrido, pero entre llamada y llamada lo único que se oían eran las voces desde dentro de Carmencita. ¡Aiss mi mimada!

Una vez terminaron nos llamaron y entramos mi padre y yo. La primera pregunta que le hizo el médico a mi padre fue:
-¿Es usted su padre? 

-Si- contestó él sin titubeo.
Obviamente se agolparon hacia mi padre miradas de desprecio y asco. En seguida, confesé para evitar que aquella situación trascendiera más de lo habitual:

“Soy su hermana, lo siento, pero tenía que entrar”. Quizá me hubieran dejado igualmente, pero no iba a jugármela.
Carmencita se recuperó muy bien. Al ser tan pequeña todo regenera mejor. Recuerdo en relación a mi “mimada” que también se quemó con aceite la cabeza y se hizo una quemadura de 2º grado siendo pequeña y tuvo durante un tiempo la cabeza vendada por completo, y aún así, seguía estando preciosa.
El siguiente punto rojo me lo saltaré para contarlo más adelante, pero os voy poniendo en situación lectores:
Raquelita…

 

 

Capítulo 12: semáforos en rojo

 “Cuando estés en el extremo de la cuerda, ata un nudo y agárrate” Theodore Roosevelt

Y eso hacía. Me agarraba con fuerza para no soltarme, para no soltarles. Sin duda, como escribí en el capítulo anterior, puedo contar muchas anécdotas tanto positivas como negativas, pero estas últimas a veces dejan más huella.

Tengo muchos recuerdos en salas de urgencia, en salas de espera:

-esperas, esperas, esperas… esperanza.   

Por desgracia, la mayoría de las veces cuando hemos acudido a urgencias nos atendían “de forma inmediata” y quizá diréis, ¡qué suerte! ¡No hay que esperar ni 4, ni 2, ni 1 hora!

Imaginaos la gravedad del asunto que nos ponían el maldito “puntito rojo”. 

No sé si todos los hospitales se rigen por el mismo método de clasificación, pero en los que he ido había un cuadro explicativo en el que según los colores se clasificaban a los pacientes priorizando la gravedad de los casos: 

azul sin urgencia,

-verde urgencia menor,

-amarillo urgencia,

-naranja emergencia,

-y rojo resucitación.

No tengo nada en contra del color rojo, pero en esos momentos lo único que pensaba era: “Por favor, que no nos toque el color rojo…”

Solo contando a mis hermanos fueron que pueda recordar 4 ocasiones.

4 casos de urgencia.

4 putos puntos rojos.

Maldito semáforo de emergencias. Ojalá hubiera podido “saltármelos”, apretar el acelerador y sin mirar atrás dejarlo pasar.

Uno de los puntos rojos en los que no estuve porque tenía 5 años fue cuando mi hermana Mariu se rompió el bazo en el colegio. Estuvo 1 mes ingresada. Por edad, tampoco estuve en las innumerables veces que mis padres fueron a urgencias con Tino. Jesús nació con anginas y vegetaciones que le impedían respirar y llegaba a ponerse hasta de color morado y negro (esa imagen la tengo grabada). Pasó por 3 bronconeumonías y un par de bronquiolitis.  Con 3 meses le operaron de vegetaciones y con 5 años una vez más pasó por quirófano para aplacarlo del todo. 

Ahora y el capítulos sucesivos voy a hacer un pequeño paréntesis para contaros mis pequeños puntos rojos.

Año 2008. Primer punto rojo (para mí)

Era la hora de la cena y estábamos todos sentados esperando a que llegaran los platos. Juanito tenía 3 años y estaba sentado en la trona.

Mi madre estaba haciendo sopa y filetes de cinta de lomo. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Junto a mi hermana la mayor nos encargábamos de llevar los platos y servir la comida. Antes de ponerlos en la mesa, mi madre advirtió:

«La sopa está muy caliente. No la sirváis todavía».

Dejé la olla en la mesa de los mayores y trasmití el comunicado: “está hirviendo, ¡cuidado!

Debíamos esperar, pero no se hizo. Primer fallo técnico.

Entre el ruido y el bullicio no debieron escuchar la advertencia, así que le pusieron a Juanito el tazón en su trona. Segundo fallo técnico.

De camino a la cocina en el largo pasillo de mi casa no tardé en escuchar los gritos.

Juan se había tirado la sopa encima completamente, empapándose desde el cuello hasta los dos muslos de las piernas. Por suerte, el babero y la camiseta que llevaban dejaron a salvo el torso.  La parte inferior tan solo le cubría un pañal.

Salí corriendo por el estrecho pasillo y pensé: «no será para tanto…»

Llegué y ante la situación los chicos se habían quedado bloqueados. Mi hermana Mariu también. Sin embargo, mi amiga María que esa noche estaba allí acompañándonos como muchos otros días estaba intentado sacar a Juanito de la trona sin éxito porque tenía el cinturón.

Me acerqué y le ayudé a sacarle. Una vez fuera vi que tenía la piel del muslo en carne viva y yo nunca tuve más vivas las ganas de ayudarle y aliviarle. Le llevé directo al baño. Vertí agua fría sobre sus muslos y su cuello.

A día de hoy sé que hice bien, pero en su momento tenía 14 años y no sabía si iba a ser bueno o malo, pero algo tenía que hacer para calmar aquello. Mi padre no estaba en casa así que, mientras le echaba agua grité:

  • ¡Tenemos que irnos a urgencias! ¡Llamad a papá!

Mi madre ante situaciones así tiende a flaquear igual que mi hermana la mayor. Quizá porque saben que hay alguien a su lado que reaccionará.

Tapé la pierna de Juan con una toalla sin llegar a tocar la quemadura para que no se quedara pegada.

Mi tía me acompañó y bajamos al portal a esperar a que mi padre llegara con la furgoneta. Era una de esas noches en las que mi padre no estaba preparado. No vestía capa de superhéroe ni de padre y el único atuendo que le cubría eran sus enrojecidos ojos. Tercer fallo técnico.

De nuevo, maldito color rojo.

De camino al hospital, pasé mucho miedo. Con Juan en los brazos y sacando por la ventana un pañuelo blanco, conducíamos en dirección contraria por ni más ni menos que la calle Alcalá.

Y en ese momento recé a cualquier Dios que me quisiera escuchar.

Juan iba cerrando los ojos y yo con movimientos intentaba que no se durmiera.

Contra todo pronóstico…Llegamos al hospital.

Mi padre se quedó aparcando y mi tía fue a acompañarle…

Me quedé con Juanito en los brazos y mientras lloraba le pedí a la mujer de la ventanilla que por favor le atendieran. Y fue entonces cuando nos dieron el punto rojo: paramos el tráfico para pasar

Aún hoy al escribirlo y recordarlo lo siento. 

Pronóstico: quemadura de tercer grado o lo que llaman una quemadura total. La dermis y la epidermis quedan destruidas y también terminaciones nerviosas. Al destruirse las terminaciones nerviosas, la quemadura se tacha de indolora.  Tuvieron que hacerle 3 injertos de piel y sesión de curas en las que tenían que anestesiarle porque eso sí que no era indoloro.

Segundo punto rojo: Carmen…

 

Capítulo 11: anécdotas curiosas

Hace poco me sugirieron escribir algún que otro capítulo sobre anécdotas graciosas en  una familia numerosa. Y lo haré, pero contaré anécdotas graciosas y no tan graciosas. A fin de cuentas “Alegría” no puede vivir sin “Tristeza” y viceversa. En realidad, de eso se trata este blog, de desnudar mi experiencia y contar historias y anécdotas de una familia numerosa, aunque no de manera tan concentrada. En este caso, es un capítulo complicado porque… ¿por dónde empezar? Además, mi memoria no es que me ayude demasiado en estas ocasiones. ¡Gracias cabecita!

Comenzaré con “anécdotas curiosas». Más adelante ya irán las tragedias, ¡No os preocupéis! ¡Hay para todos! 😉

En una familia numerosa la llegada de un nuevo nacimiento cada uno lo vivía de una manera distinta. Teniendo en cuenta que entre mis hermanos nos llevamos muy poca diferencia, dependiendo en la fase de vida que se encontraran así lo asimilaban: infancia, adolescencia, proceso de madurez…etc

Para que os hagáis una idea estas son las edades actuales de todos mis hermanos:

  • Mariu: 26 años
  • Ainhoa (la misma): 24 años
  • Jose María: 22 años
  • Nohelia: 19 años
  • Jesús (Tino): 18 años
  • Raquel: 17 años
  • Samuel: 15 años
  • Verónica: 14 años
  • Juanito: 13 años
  • Nazareth: 11 años
  • Uriel: 9 años
  • Carmen: 8 años
  • Y… no ya no más (bueno sí, pero ya os contaré más adelante)

De modo que, si nos paramos a pensar los que más distancia nos llevamos somos mi querido hermano Jose María y yo (2años y 8 meses) ¡Yuju!

La explicación es sencilla: entre nosotros mi madre tuvo su primer aborto.

Y los que menos se llevan son Samuel y Verónica (1 año clavado). El resto oscila entre 1 año y 9 meses, 1 año y 5 meses, 1 año y 4 meses, 1 año y 3 meses y mi hermana Maria Eugenia y yo con 2 años.

Era un peligro que llegara un nuevo miembro al hogar porque eso suponía el destierro absoluto del anterior, dejar de ser el mimado para pasar a mis pequeños brazos. Era una destitución del trono en toda regla y los pequeños claramente no lo veían bien por lo que luchaban por defender su posición.

Recuerdo la reacción de Verónica cuando Juanito llegó por primera vez a casa.

Lo primero que hizo en un momento de despiste nuestro fue ir directa a la cuna e intentar por todos los medios meterse dentro para tirarle del pelo. ¡Un espectáculo!

Sus intentos fallidos le hicieron plantearse un camino más sencillo: tirarle del pelo mientras mi madre le daba el pecho. ¡Qué haces ahí si ese era mi sitio hasta hace unos meses! ¡Usurpador!

El resto nos adaptábamos. Algunos intentaban por cualquier vía llamar la atención, esa que tanto falta en las familias numerosas. Lógico. No da tiempo a atender tantas peticiones al mismo tiempo ni a escuchar 5 historias a la vez por lo que organizas tu mente para responder y agudizar los sentidos para cuando es realmente necesario. En este punto tengo que confesar que con mis hermanos soy una experta. Suena fatal, pero tengo un maldito don para desconectar  y prestar atención en el punto de la historia que más se necesita. Mis hermanos dicen que les ignoro, pero es por fuerza mayor os lo aseguro, sino mi cerebro explotaría. Eso si como ventaja cuando tengo que prestar atención porque la situación lo requiere, reacciono rápido y sin bloqueos.  ¡Mini punto para mí!

Un poco triste, pero así es. En mi casa mis padres no se preocupaban de cómo llevabamos los calcetines; tan solo si los llevabamos, no se preocupaban de si la ropa que llevabamos puesta era la de nuestro hermano el de 3 años; se preocupaban de que fuéramos vestidos…En mi casa era y sigue siendo (ahora a otros niveles) cuestión de supervivencia. Hay un pequeño reglamento no escrito que los padres deberían contarnos:

  • Es bastante probable que nos olvidemos de ti en el colegio y que nos demos cuenta solo cuando entremos en casa.
  • Es bastante probable que se nos olvide prepararte el desayuno y que tan solo con 4 años o coges las riendas y te lo haces tú mismo o no desayunas (extrapolable a la merienda).
  • Es bastante probable que firmemos notas suspensas en modo “carrerilla” y no te regañemos. (qué ventaja eh).
  • Es bastante probable que en casa haya amigos y creamos que es otro hermano más. Total una cabeza más…
  • Es bastante probable que tu cuna dejé de ser tu lugar para dormir en escasos meses y por consiguiente, es probable que durmáis de dos en dos según tamaños.
  • Es bastante probable que te vistas solo y aprendas rápido a diferenciar en qué estaciones tienes que ponerte abrigo y en cuáles no, porque en la revisión matutina se puede pasar por alto.
  • Es bastante probable que vayas al colegio sin lavarte la cara porque no te revisemos bien, pero tropezarás una o dos veces, a la tercera ya nadie tendrá que decirte que te laves la cara porque tus propios amigos te han dado la alerta y eso funciona de forma ipsofacta.
  • Es 100% seguro que si desaparece algún objeto o hay que averiguar quien ha cometido un pequeño “delito” nadie haya sido y jamás descubramos al culpable. Otra ventaja.
  • Es 100% seguro que la comida desaparecerá del plato en microsegundos. Tienes dos opciones: o eres Billy el rápido o aprendes a serlo.
  • Es bastante probable que te vistan con ropa de chico si eras chica o ropa de chica si eres chico si la situación lo requiere.
  • Es bastante probable que tu técnica de llorar hasta agotar no funcione porque no te haremos ni caso igualmente.
  • Es bastante probable que te hagas pis encima (por no decir otra cosa) esperando a entrar en el baño. Y en este caso, da igual que haya dos. Si en una familia «normal» siempre están ocupados, no os imagináis como es compartilo con 14 personas. 

Y podría seguir con una larga lista…

Como veis el despiste/desorden reina en el hogar porque por muy atenta que estés algún fleco se queda suelto. Creedme. Las que sois madres de uno o dos niños comprenderéis al instante el agotamiento mental que produce todo esto.

¡Sigamos!

Una manera de llamar la atención bastante curiosa de mis hermanos era meterse cualquier objeto (no importaba qué) por la boca o por la nariz. En sus ansias por descubrir su cuerpo y conocerse, los niños pequeños comienzan a experimentar y durante ese proceso más vale estar con los ojos bien abiertos.

Mi hermano Tino en su afán por seguir llamando la atención creyó que era buena idea irse a la cama con algún pequeño juguetito en la boca.

Una noche en una de mis revisiones nocturnas en las que comprobaba que todos respiraban bien y dormían plácidamente, me llevé una gran sorpresa. Siguiendo mi ritual diario acercaba el oído al pecho y ponía mi mano en él. Ese día Tino respiraba raro, no como todos los días. Tenía entreabierta la boca, lo suficiente para poder respirar y que le entrara aire. Y fue en esa pequeña apertura donde pude ver que tenía algo en su interior. Le abrí la boca y efectivamente: tenía un mini soldadito de juguete. Este no fue un episodio aislado, ocurrió un par de veces más sustituyendo al pequeño soldadito por algún otro cachivache.

En otra ocasión, el agujero fue el que cambió, remplazando la boca por la nariz.

Tino y Nohelia poniendo en práctica un juego que ellos consideraban divertido decidieron introducirse por la nariz cereales. Ni uno ni dos. Un par en cada orificio, es decir, cuatro por cabeza. Fue una odisea intentar sacar de la nariz los malditos “Kelloggs Smacks” de la Rana. No estaban ni mis padres ni nadie mayor que pudiera ayudarme, así que bajé a buscar al portero y él acudió a nuestro rescate. Con pinzas de depilar intentamos sacar algunos, pero otros estaban tan adentro que no hubo otra opción que llevarles a urgencias.

Un episodio más reciente y también relacionado con “narices” sitúa a Uriel en el protagonista de la historia.

Hacía ya un tiempo que al acercarme a dar un beso a Uriel en la mejilla algo olía mal (literal), pero no le dimos importancia. Siguió pasando el tiempo y el olor se agudizaba. Un día creyendo saber de dónde venía el hedor cogí un espejo en dirección a su nariz y en el fondo, muy fondo vi algo negro. Ese día fuimos corriendo a urgencias ¡otra vez! porque incluso sangraba. Una vez allí le metieron un tuvo por la nariz y le sacaron algo que estaba tan podrido que no sabían identificar qué era.

Antes de finalizar, contar como curiosidad mi eterna relación amor-odio con los hospitales. Amor porque nos han ayudado mucho, odio porque no sabéis las de veces que me he encontrado en sus malditas salas de espera.

En una ocasión, recuerdo acompañar a mi padre porque Tino se había hecho una brecha en la cabeza. Cuando mi padre se acercó a ventanilla para dar los datos de mi hermano dijo:

Se llama Eugenio Bueno y tiene 8 años. 

Una vez le dejaron pasar me acerqué a la mujer y le dije:

-Perdona, mi padre se ha confundido. El niño que acaba de entrar se llama Jesús Bueno y tiene 6 años. No tenemos ningún hermano que se llame Eugenio – y le di la tarjeta sanitaria que mi padre me había dado para poder entrar rápido con Tino.

¡Los nervios! En su defensa tengo que decir que su hermano se llama Eugenio y que yo soy la primera que llamo a la «susodicha o susodicho» por todos los nombres menos por el que corresponde.

En un capítulo solo no me da “espacio” a contar más historias curiosas, pero continuaré en el siguiente, pero sí: nos hemos perdido en centros comerciales y los hemos alborotado, en parques, ahogado en piscinas, perdido en la playa, volado por los aires, comido arena “por los ojos”, pillados por las puertas del metro, atragantado con huesos de aceitunas, jamón serrano, melocotones, salchichas y con el queso fundido de las pizzas, ¡Ojo al dato!

En fin, no me daría la vida para contar todas las anécdotas que estoy segura que comparto con otras familias sin que sean numerosas, pero en este caso la perspectiva es la de afrontarlo como hermana no como madre o padre. ¡Diversión! 

Capítulo 10: Tarde de verano

En Pinilla organizarse con los niños era mucho más sencillo. Nuestra casa parecía estar situada de forma estratégica frente al parque del pueblo, convirtiéndose en un enclave ideal para controlar a los enanos y al mismo tiempo reunir a todos a las horas de las comidas con tan solo un chillido. ¿Es o no es esto el paraíso?

Un paraíso con camas plegables, pasillo estrecho, un baño solitario, ropa por los rincones y trazados en las paredes. Para una familia tan grande se hacía pequeño, pero era nuestro reducido Edén.

Como habréis ido descubriendo crear amistades desde cero no es una de mis mejores habilidades, así que me daba una pereza horrible enfrentarme de nuevo a esa situación.

Esa fue la razón por la que el primer año que estuvimos en Pinilla no hice el esfuerzo por encontrar a [email protected] de mi edad con los que sociabilizar, es decir, estuve todo un año yendo a Pinilla los fines de semana sin conocer a nadie nuevo. ¿Es o no es un “record? ¡Veamos lo positivo! 😉

En mi defensa, he de decir que en mis paseos por el pueblo pocas almas se veían. Y de encontrarme con ellos, las conversaciones no fluctuaban. Poco a poco.

Un día mis hermanos y yo descubrimos que había una casita en el pueblo abierta que tenía un interior casi completamente equipado: había mesas, sillas, televisión, futbolín e incluso ordenadores en la segunda planta.

En el resto de pueblos de la sierra de Madrid ya nos habíamos encontrado con lugares similares por lo que no nos extrañaba. En algunos los llamaban “La casa de la cultura”, en otros “Las escuelas”, “El Capi” y aquí en Pinilla lo llamaban “El Ayunta”. Era y sigue siendo un lugar en el que los niños, jóvenes y no tan jóvenes se juntan durante el día y la noche para cobijarse del frío en invierno y del calor en verano.

Cualquier excusa es buena para acudir allí. Un punto de encuentro.

En una de las escapadas de mis hermanos y yo por adivinar los escondrijos del pueblo nos encontramos con chicas de nuestra edad. 

Después de 1 año dando vueltas ya era hora. Quizá nos habríamos tropezado con ellos en otras ocasiones, pero era la primera vez que nos relacionábamos.

Tras esa primera toma de contacto, poco más volvimos a coincidir salvo “holas” y “adioses”. Sin embargo, y contra todo pronóstico, una Nochevieja tocaron a la puerta de casa y nos invitaron a formar parte de su fiesta. Creo recordar que no fui. Aún no estaba preparada (aunque todavía no sé para qué tenía que estarlo).

La llegada del verano hizo todo más fácil. Pinilla se llenaba de chicas y chicos de mi edad. Y ahora sí, comencé a unirme más a su pequeño grupo.

Estupendo. De nuevo, me sentía acogida y me gustaba. 

Quizá más acogida por los chicos en ese momento, pero es razonable teniendo en cuenta la edad que teníamos con nuestras hormonas a flor de piel. 

Recuerdo también que mi hermana mayor tomando una actitud un poco más radical desistió y se conformó con dar paseos acompañada de nuestros hermanos o sola. No quiso formar parte del plan de escape.

Fue en uno de esas tardes de verano cuando vi bajar en sus bicicletas a 4 o 5 chavales del pueblo de al lado, san Mamés.

Me fijé en uno de aquellos chicos: moreno como el azabache, de fisionomía delgada y atractivo. Muy atractivo a mis ojos.

Ya me habían advertido las chicas de un tal “Raúl” de un pueblo cercano y me habían hablado bastante bien de él, pero hasta ese día no le conocía. Inmediatamente, pregunté:

¿Quién es?

Y si, era él. Raúl.

En ese preciso momento solo tuve ojos para él. Mi baja autoestima y mi negación ante la existencia del amor bloqueaban mis pasos. ¿Por qué? Además de todo lo que desvelé sobre mi visión del amor en el capítulo anterior, había otro obstáculo.

Durante el Instituto estaba perdidamente embelesada por un chico (en esas edades nos enamoramos hasta de nuestras mariposas). Y como no, siguiendo el deshilachado cordón de mi vida, el chaval no me hacía ni caso y cuando lo hacía…

¡Madre mía cuando lo hacía! ¡Me recreaba en la situación 100 mil veces!

 No os creáis que fue pasajero. ¡Ni mucho menos!

He de confesar que incluso cuando empecé a salir con un muchacho a los 16 años, mi mente seguía pensando en este amor imposible del colegio. ¡Pura obsesión! (espero que no lea esto nunca).

En base a esta experiencia y viendo lo que arrastraba, desde luego que por probabilidades tenía un porcentaje pésimo de captar la atención de Raúl.

Y tampoco iba a hacer nada para demostrarle mi entusiasmo hacia su persona.

¡Bah!

Tan solo jugaría con miradas y sonrisas y si eso no funcionaba, ¡fuera!

Madre mía que complicado hacia todo. (Y lo sigo haciendo)

El caso es que él me miraba.  Y aun siendo yo el pesimismo en persona, lo percibía. ¡Flipad!

Una bonita oportunidad de conocerle mejor se me presentó cuando comenzaron las fiestas de su pueblo. Me dijeron que quería conmigo, pero junto a su nombre, me ofrecieron los de otros más.

Y de entre ellos tenía que elegir.

 A ver, recapitulemos, ¿en serio? ¿Pero qué broma era esta? ¡Menuda gracia!

Gracias a mi estupenda, genial y pasmosa actitud positiva, creí que se reían de mí  y rechacé cualquier oferta.  Sentí que me tomaban el pelo y no iba a consentirlo.

¿Y sabéis qué? A pesar de ello, no se rindió y eso me ganó para siempre.

Utilizando una estratagema un poco extraña, esa noche finalmente nos encontramos él y yo solos. Y como si le conociera de toda la vida, sin miedo a “desnudarme” ante él hablamos como si fuéramos más que amigos. Y a partir de ese momento, lo fuimos.

Amigos.

Y más.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 9: El amor es un arte

No tengo o no suelo tener miedo a enfrentarme a hojas en blanco. De hecho, me encanta comenzar historias, pero también disfruto desenlazándolas.  He tardado muchos días hasta que por fin he decidido sentarme a escribir este capítulo y no porque tenga pocas anécdotas que contar, sino por temor a que sin leer el final se deje una huella/idea equivocada, pero como no soy Dios omnipresente ni lo pretendo me sumerjo en este capítulo. Todo un reto porque roza casi el presente de mi vida y asusta mucho hablar sin perspectiva.

Lozoya me dejó con un sabor de boca dulce y apacible. Lozoya fue como una película Disney y me hizo volver a creer.

Me vestí de inocencia completamente para darle la bienvenida a los días espinados y también a aquellos en los que salía el sol. Sin embargo, volví a creer en todo, menos en el amor.

No era ninguna sorpresa, desde hacía mucho tiempo que no lo hacía. Ni Lozoya ni películas Disney. El amor no existía y enamorarse era pasajero, pero no malgastaba fuerzas en que los demás pensaran como yo. Si querían estar engañados, era su problema.

Había visto el lado oculto y oscuro de la luna y creedme, sabía a desencanto.

El amor era una trampa que como tal se vestía de dama o caballero en apuros para que alguien les salvara y una vez en sus redes, les despojaba de identidad, libertad, carácter, luz, vida…El amor caminaba suave, pero cuando golpeaba hasta el mismísimo Cupido se rompía.

Mi criterio era el resultado de mis experiencias, no tanto personales como de vida y estaba plenamente convencida de ello hasta que derrumbaron mis argumentos (digamos que mi endereza no es mi fuerte).

Un día la profesora de religión nos dio una lección de vida que seguiré trasmitiendo y llevando conmigo:

“La carta de presentación del amor es su pureza, su magia, es su alegría, seguridad, confianza, fe, fortaleza…Pero esa es solo una de las caras del amor. El amor es un cubo y en cada lado muestra un mensaje que termina dando la tan anhelada forma. En esos lados también aparecen discusiones, inseguridades, miedos, dudas, agitaciones, cambios. Y cuando todo suena en armonía, es cuando se produce la magia del amor.

El fallo está en que cuando aceptamos el «cubo del amor» solo vemos la primera cara y cuando el tiempo nos va mostrando el resto, le damos una patada y maldecimos al amor y a cualquier Dios por entregarnos un cubo/corazón roto, pero ¡sorpresa! No está roto, tan solo hay que aprender a leer y a mirar más allá de nuestros ojos. Aceptarlo, con lo bueno y lo malo, porque, ¿qué sería de la alegría sin la tristeza?” (la película Del Revés lo muestra perfectamente). (no recuerdo las palabras exactas, pero más o menos ese era el mensaje dándole una forma un poco más poética)

Y en efecto, esa era la razón. Nos educan a decir buenos días al despertar y buenas noches al acostarnos, a tener buenos modales en la mesa, nos enseñan a hablar, a decir gracias cuando nos dan algo y perdón cuando nos equivocamos. Nos advierten que el rencor te consume y el odio es su aliado.

Y todo eso, ¡por supuesto que es necesario!, pero ¿quién nos instruye en el amor?

Amar y saber amar es un arte que no se enseña. Te lanzan al vacío y a veces ( tan solo a veces) tras muchos años de experiencia terminas encontrando respuestas.

Genial, pero ¿cómo se enseña a amar? ¿quién puede ser nuestro maestro? ¿existen normas, leyes, excepciones…?

Imagino que la respuesta es que nosotros somos nuestros propios maestros, que para querer al mundo tienes que quererte a ti misma/o, pero me sigue resultando demasiado poético y poco práctico. Me sigue faltando algo.  Me quedo con la siguiente frase del famoso  Ernest Hemingway a la que he hecho una pequeña adaptación : «Necesitamos dos años aproximadamente para aprender a hablar y 70 para saber amar» (la real dice «callar»)

Quizá os estéis preguntando, vale y todo esto, ¿por qué?

Principalmente, porque es muy difícil resumir tu vida en un mero título sin verse sobresaltado por acontecimientos y segundo y en este caso, más importante, porque fue aquí en Pinilla donde no solo descubrí al amor, sino que lo encontré.  

Y todavía el amor estaba hecho polvo, repleto de arañazos, miedos y manotazos, pero aun así se acunó entre las manos del que es y será la pasión de mi vida, con el que he evolucionado y aprendido que el amor, aunque nos quieran convencer de ello, no es egoísta.

Pero esta lección no la aprendí hasta después de mucho tiempo...

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 8: Lozoya

Nuestro próximo destino fue otro bonito y gran pueblo de la sierra de Madrid. Cuando desembarcamos allí tenía claro que nadie iba a volver a pisarme como hicieron en el anterior pueblo. Recuerdo bajar del coche creyéndome cargada de personalidad con pulseras de colores cubriendo mis muñecas y con mirada altiva.

Nada me iba a parar.

Por suerte, pronto me di cuenta que Lozoya no era igual que el otro pueblo y bajé el escudo que llevaba en posición de defensa. En los pueblos por normal general cuesta mucho entrar en los grupos. Ellos están juntos desde niños y tú eres la extraña que llega  de fuera. Sin embargo, en Lozoya nunca me sentí así, al contrario, me encontraba arropada y cuidada.

No tardé en hacer buenas amistades.

En Lozoya seguía sin tener la libertad de la que disfrutaban el resto de las chicas de mi edad y continuaba compartiendo las tardes con mis hermanos y ellas: salíamos a dar paseos con el carrito y a resolver los problemas de la adolescencia con sonrisas y carcajadas mientras acunábamos a algún niño en el cochecito. La tarea más complicada llegaba a la hora de la comida.

Me  tocaba junto a mi hermana la mayor reunir a los niños y buscarles por el pueblo. Lozoya es un lugar precioso, pero demasiado grande y tardaba en encontrarles más de lo que me hubiese gustado.

En los pueblos se cuenta con más independencia y eso hacía que prácticamente cada niño estuviera en un sitio diferente: unos en el parque, otros con sus amigos en la plaza o en sus casas…etc. Me montaba en la bicicleta y cuando encontraba a uno y le llamaba, pasaba el tiempo suficiente para que el primero ya se hubiera despistado de nuevo.

Os juro que en ocasiones por más vueltas que daba, no llegaba a encontrarles y comenzaba a gobernar la ansiedad por mí. Era en esas ocasiones drásticas, cuando mi padre cogía el coche para salir a buscarles.

Por las noches, mi familia y yo cuando estábamos en el anterior pueblo teníamos por costumbre salir a pasear. Un paseo corto, pero muy reconfortante y sin duda, necesario. Sin embargo, cuando llegamos a Lozoya se cambió la tradición y a partir de entonces mis padres comenzaron a dedicar ese tiempo para ellos, para desconectar y salir a pasear, pero sin nosotros. Era entonces cuando entraban en debate mis deseos y los suyos: yo quería salir con mis amigos que solían juntarse más por la tarde/noche y mis padres querían que me quedará con los niños.

Por supuesto, me quedaba en casa.

Mi padre siempre decía y sigue diciendo: “las vacaciones son para que las disfrutemos todos, no solo vosotros igual que los fines de semana” Muy sabio, ¿verdad?

Pues eso…Para todos…porque yo durante el día también ayudaba y colaboraba en casa, entonces, ¿cuándo llegaba mi turno para el tiempo de relax?

Nuestros vecinos de enfrente se convirtieron en nuestra segunda familia en Lozoya nada más llegar. A los pocos días de estar allí, llamó a la puerta una atrevida chica con una gran sonrisa que venía a presentarse y a invitarme a salir con ella.

¡A mí! Casi lloro de la emoción al recordarlo…

Además, tuvo valor porque lo intentó dos veces: la primera vez fue con mi hermana la mayor y se llevó una negativa clarísima. Mi hermana no tenía en sus planes sociabilizar hasta ese grado con las personas del pueblo, pero yo sí y estaba encantada de que me viniera a  buscar. Aún hoy lo echo de menos. Y así fue como conocí a una de las chicas más positivas, valientes e inteligentes que la vida me ha presentado.

Los abuelos de mi amiga nos acogían a comer o a cenar cuando quisiéramos, sobre todo a Verónica. Siempre me dio vergüenza pensar que podían escuchar nuestras revueltas, peleas o voces y juzgarnos por ello.

Nunca lo hicieron.

Quizá porque no nos oían.

Quizá porque les daba igual. Al final, todos tenemos trapos sucios que lavar en nuestras casas, unos más sucios que otros, pero trapos.

En una casa con tantos niños la paciencia a veces es tu mejor amiga, sin embargo en otras se convierte en tu peor aliada. Se desatan basiliscos en tu interior que jamás creíste tener y llegas a perder de una manera tan rápida los nervios y la voz  que dejas de ser tú misma.

“No soy yo. Así no soy yo” Te repites una y cien mil veces.  

También tuvimos que decir adiós a Lozoya, pero en este caso no porque no nos acogieran bien. Y yo me cargué de rabia y odié aquella decisión como buena adolescente y juraba y perjuraba que las moiras de los cielos iban a pagar por aquello.

Mis padres querían un pueblo más pequeño y una casa que cumpliera con otras características. Y así fue como emprendimos el rumbo hacía otro lugar de la sierra de Madrid: Pinilla de Buitrago…

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7: nómadas

Tras desatar fantasmas en el capítulo anterior, regresamos a un caudal más suave.
Los fines de semana en mi casa terminaban siendo agobiantes. En vez de cumplir su función principal de descanso, se coronaban agotadores. Así era el panorama:
Todos en casa.
Pocos planes (o cero)
Cansancio
Y si encima estábamos en estaciones frías, apaga y quédate.
Mi padre a veces nos solía llevar a la sierra cuando hacía buen tiempo y aprovechábamos allí las tardes.

Un día mi madre tuvo una buena idea, ¿por qué no alquilar una casita en un pueblo de la sierra de Madrid? Adoptar un pueblo, como el anuncio de Aquarius.

Sería un desahogo para todos y una oportunidad única para disfrutar de la naturaleza, también sería una cura para el alma sedienta de mi padre y las ansias de libertad comprensibles de mi madre. Mi padre es una persona muy mística y parece que estar en contacto con la naturaleza favorece su espíritu y tranquiliza sus chakras. A veces.
Era una buenísima idea, pero claro había que ser realistas y la realidad era que económicamente sin la ayuda de nuestros abuelos paternos, ese proyecto no podía ponerse en práctica.

Ni ese ni ninguno.

Mis abuelos que siempre estuvieron y siguen estando al pie del cañón financiaban nuestro presente, nuestro futuro y nuestros pasos. Una vida entera trabajando para crear un capital importante que pronto se evaporó por nosotros. Mi abuelo siempre decía que, si hubiéramos sido menos, habríamos vivido como reyes. Yo le decía que no hacía falta que viviéramos como reyes, con vivir sin agobios era suficiente. Y eso era posible gracias a él, gracias a ella. Los gastos importantes de la casa pesaban en sus hombros: colegio, casa, comunidad, agua, garaje…etc. Y ahora, volvían a remover cielo y tierra para que sus nietos los fines de semana no estuvieran en casa. Gracias.
Tras varías búsquedas en periódicos y teniendo en cuenta diversas recomendaciones, nos dirigimos rumbo a un pueblito de la sierra de cuyo nombre no quiero acordarme como diría El Quijote. Por entonces, yo tenía 14 años y la más pequeñita de todas era Nazareth.

Un pueblo con un encanto especial y con hermosos paisajes para perderse (o eso me pareció al principio). Desde el primer momento, nos atrapó. Sin duda, necesitábamos ese bálsamo de paz que nos daba la sierra. Los días allí eran más felices y parecía que las heridas se curaban. Mi padre encontraba reposo en su alma, en su mundo interior y en su mundo exterior, contagiándonos a todos de una sana energía.

Al principio, las personas del pueblo nos dieron una cálida bienvenida: nos aceptaron en sus grupos de amigos y en su pueblo. Un día, mi tía-abuela Conce vino a visitarnos al pueblo y yo irradiando felicidad por doquier le presente a mis amigas y amigos. Y mi tía en su picara sabiduría me dijo: “Ojo con esos que en cuanto te des la vuelta te darán la puñalá” (con ese acento extremeño tan marcado) Y no tardó en hacerse clara la profecía.

La gente de mi edad me aceptó en su grupo, pero no les sentaba del todo bien que, de 10 ocasiones, 7 tuviera que estar con algún hermano a mi lado.  Así que, comenzaron a boicotearme a mi y a mis niños.

El día que se abrieron mis ojos definitivamente fue cuando me fui con ellas, con las que llamaba amigas a dar un paseo en bici por el campo:

Me fui con una mi hermana de 4 o 5 años y la monté en mi bici para ir al ritmo de las chicas y aunque me costaba seguirlas, aguantaba. De regreso a casa, cansadas de pedalear y con el sol cerrándose, hicimos una pequeña pausa a beber agua, o eso dijeron. Bajé a mi hermana de la bici y me dejaron la última para beber. Cuando me quise dar cuenta habían cogido sus putas bicicletas y habían salido escopetadas de allí.
Si.
Me quedé más sola que la una. Comenzaba a anochecer y mi orientación es pésima, pero ese día supongo que la brújula del gran pirata Jack Sparrow me acompañaba y me llevó al lugar que deseaba.
A partir de ese momento, empezamos a atar cabos. Por las mañanas, desde hacía ya mucho tiempo nos levantábamos con las bicicletas siempre pinchadas. Echábamos la culpa a mi padre por comprar materiales inservibles.

Si. Habéis acertado.

Las bicicletas no se pinchaban solas, algún desgraciado o desgraciada ponía chinchetas en la puerta de nuestra casa.

Seguro que estás pensando, ¿en serio? ¿pero si era obvio? Ahora se ve todo con mucha nitidez, pero en el momento faltaban muchas piezas en un puzle que vosotros ya habéis visto. Jugáis con ventaja.
Una vez descubierto el pastel y sin máscaras en los rostros el juego subió de nivel. Los monstruitos ya no tenían delicadeza, ni si quiera trataban de disimular: nos insultaban por la ventana, nos tiraban petardos o bolas lanzadas en una pistola. De juguete decían. Mis cojones, eso dolía demasiado y dejaba demasiadas marcas para ser de juguete.

En mi imaginación, yo me convertía en un dragón que cuidaba de sus criaturas y escupía fuego si se acercaban. Salía a la calle creyendo que, si los niños estaban a mi lado, nadie les tocaría. Una auténtica dragona capaz de recibir latigazos por ellos…
Una tarde salí con dos pequeños de la mano y con mi hermano Tino correteando. Nada más poner un pie en la calle, allí estaban, agazapados esperando el momento perfecto para comenzar a “jugar”. Nos pillaron y comenzó la encrucijada (este episodio me encanta contarlo): empezaron a tirarnos cosas y a insultarnos.

Uno de ellos dijo: ¿a qué le pego una patada a tu hermano? (a Tino)

Y yo, como valiente dragona le contesté: tú acércate.

Efectivamente, le dio una patada y yo monté en cólera.

Nos encerraron en una estrecha calle y nos dijeron que de allí no saldríamos hasta que les diese la gana. Comencé a aprovisionarme de materiales que me ayudaran a salir, aunque fuera a base de hostias.

Si, estaba dispuesta a todo: cogí un palo, los niños alambres (cosas de una obra cercana), pero recapacité y pensé: mi casa está a dos calles, lo mismo si grito el nombre de mi hermana la mayor o el de mi padre, me escuchan.

Y probé. Y sí, me escucharon.

No os imagináis que emoción me dio verlos aparecer en aquella jodida esquina.

¿Los monstruitos? Se fueron como auténticos ratoncitos. A mi hermana la mayor la habían cogido respeto por antiguas batallas y a mi padre igual, así que fue todo un acierto alzarme en sus nombres. Hubo más batallas, pero no tan divertidas.

Los chavales y no tan chavales del pueblo terminaron confesándome que éramos demasiados para un pueblo tan pequeño como el suyo y que tenían la sensación de haber sido invadidos (podéis reíros cuánto queráis), que desde nuestra llegada todo era un desorden y que querían que nos marchásemos.

Seguro que hoy lo cuentan entre sus amistades como glorias del recuerdo y yo, he de confesar que también cuento lo sucedido parodiándolo porque todo salió bien y porque éramos niños, pero en su momento no fue tan divertido.

¿Hasta que punto podemos decir que son travesuras de niños? De lo que estoy completamente segura es de que esto no fue un juego de críos ni de quinceañeros.
Captamos el mensaje y cogimos nuestros bártulos para ser felices en otro lugar. Aquí, no nos adoptaron y empezamos a probar suerte en otros. 

PD: aún hoy cuando paso por ese pueblecito me acuerdo y en un acto de rebeldía supermaduro alzo mi dedo corazón con la ilusión de que recojan el mensaje que les dejo en la puntita: que os den por el culo.

 

 

 

 

 

Capítulo 6: fantasmas

“El que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad, sino una bestia o un Dios” Aristóteles

Ni uno ni lo otro Aristóteles.

Reconozco que hay días en los que no quiero vivir en sociedad, pero no me considero una bestia. No hace falta llevarlo a esos extremos, los grises también existen.  Siempre me he definido como una persona bastante ermitaña, es decir, veo cierto atractivo en la soledad, pero no es nada raro y es que, ¿a quién a veces no le apetece despegarse del mundo para pegarse a/con su mundo particular?

En mi casa como podéis imaginar la intimidad y los ratos de soledad eran más bien escasos, quizá ese es el motivo por el que aprecio el silencio en su inmensidad y no me molesta cuando de repente se interpone en las conversaciones entre amigos. El silencio es un bien preciado que no solemos valorar y en aquellos momentos en los que nos topamos con el silencio de frente, intentamos callarlo poniendo música a nuestros pasos.

Lo confieso.

Esa era mi fórmula para intentar callar los gritos de las noches que arañaban mi espalda: cascos en los oídos y esperar, esperar y esperar hasta que se callasen.

Una vez me dijeron que, si tienes una familia desestructurada por los motivos que fuera, estabas destinada a ser una persona desgraciada.

¿Y sabéis qué es lo peor de todo? Que me lo creí, pero hoy se que no es cierto, que eres tú quien decide el timón de tu vida, eres tú quien decide luchar contra los dragones o dejarse quemar por su fuego, eres tú quien tiene la libertad máxima de definir cómo quieres ser. Entendí que los obstáculos pueden saltarse, esquivarlos, derribarlos o quemarlos con el mismo fuego que intenta abrasarte.

Cada uno tiene sus propias bestias y ninguna es más importante que otra ni todos lo afrontamos de la misma manera. No todos los dragones tienen el mismo tamaño, pero ¿quién habla de dragones en esta sociedad? Los escondemos bajo la cama y nos creemos más fuertes por no llorar ni expresarlo delante de quienes confiamos.

Vale.

Si.

De nuevo, lo confieso.

Mis fantasmas están bajo mi cama y de vez en cuando salen para ver si he encontrado a la persona adecuada para desnudarlos, pero aún no me he tropezado con esa persona y si lo he hecho, todavía no me he atrevido a mostrárselos y decir:mira, tengo cicatrices, ¿y qué? ¡Soy humana, no pasa nada! Me quemo, sangro, sufro, lloro, amo, tengo miedo y a veces, me caigo».

¡No hace falta ponerse la losa del victimismo, por favor, ni tampoco creerse la persona más desgraciada del planeta! ¡porque no!

Los fantasmas (problemas) se cuentan con la ilusión de verlos en pelotas y ridiculizados, se desvelan para reírnos de ellos, para superarlos, vencerlos, y entre carcajadas rotas fulminarlos.

Uno de mis fantasmas ya lo tengo controlado. Ya no escuece ni empapa, ni ensucia ni lava, ni duele ni calma. Y termino con una frase que debería ser el comienzo y no el final de este capítulo:

Solo los fantasmas se revuelcan en el pasado, explicándose a si mismos con descripciones basadas en sus vidas ya pasadas. Tú eres lo que eliges ser hoy en día, no lo que antes elegiste ser” Wayne W. Dyer.

Y qué razón tienes.

 

 

 

 

Capítulo 5: Amistad

“No era más que un zorro semejante a cien mil otros, pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo” El Principito.

Lo siento, Principito. Tus palabras son sabias y las comparto, pero tengo que confesar que según pasa el tiempo se debilita mi creencia en la amistad.

¡Qué tristeza!

Cada vez me invade un desencanto mayor hacia su concepto y lo que significa.

¿Por qué? Quizá sea porque soy muy ortopédica socialmente: no me gusta dar abrazos, no sé manejar bien las distancias y creo muros para evitar que me hagan daño. La amistad es preciosa, pero Principito me cuesta mucho creer en ella.

Me encantaría que todo fuera tan sencillo como cuando éramos niños. Acercarte a esa persona que por algún motivo “admiras” y decirle: «quiero ser tu amiga, ¿me dejas? 

Imagino que mi desencanto tiene su explicación en el pasado. 

En el colegio tenía muy buenas amistades y algunas de ellas me hubiera gustado que durasen toda la vida. Sin embargo, conforme pasaban los años me daba cuenta de que los caminos se separaban y volver a cruzarnos no sería tan fácil. Empecé a asumir la idea.  

De nuevo, eran mis responsabilidades a edad temprana las que no me permitían moverme con la libertad que hubiese querido. Si además, le sumabas el control férreo de mis padres…  Hasta los 17 años mi hora de llegar a casa en Madrid eran las 19:00 h de la tarde. A los 18 años me solté el pelo y ya podía estar hasta las 20:30 h. ¡Diversión!

Al terminar Bachillerato quise hacer el típico viaje de finde curso, en este caso, a Mallorca. Evidentemente, y a pesar de haber sido la tercera de mi clase con una media de 9,40, no me dejaron. (Señalo la nota porque me esforcé y no me toqué las narices, es decir, no era un castigo por malas calificaciones)

En el pueblo me daban más cancha. A los 19 años me dejaban hasta las 03:00 de la mañana en “algunas” fiestas cercanas. ¡Qué rebelde!

No os preocupéis, todo tiene su explicación y he de decir, que, aunque hubiera agradecido un poco más de confianza y libertad, no tengo ningún trauma por ello. La vida te da a lo largo del tiempo más oportunidades de las que crees para ser libre (si te atreves) y llegar a la hora que quieras a casa. Tantas que acabas cansándote.

¿Por qué tan pronto? Si, efectivamente, los niños me esperan en casa. Mis padres se iban a intentar solucionar el mundo siempre de la mano y alguien tenía que quedarse al mando. Si el caos se instalaba en casa, me llamaban y tenía/había que salir corriendo, por eso me regalaron muy pronto un teléfono móvil. ¡Qué afortunada!

Aún recuerdo como temía la llamada de mi tía paterna Conchita, mi ángel de la guardia en la distancia. Si era ella quien me llamaba, la cosa pintaba mal. Realmente, necesitaba mis manos para actuar desde lejos. Y yo, presa del miedo, asustada y templando por lo que pudiera encontrarme, descolgaba el teléfono y delante de mis amigas disimulaba y me marchaba. Les contaba una verdad a medias (como a vosotros lectores): tenía que cuidar de mis hermanos, pero no lo entendían y se volvían con rostro sombrío.  El hecho de que siempre tuviera que marcharme pronto y, a veces, corriendo no sentaba del todo bien.  Y claro, si a la mitad de los planes que hacían decía que no, terminaban por dejar de invitarme. Es totalmente lógico y comprensible.

En su momento, no tenía la necesidad de contar qué es lo que ocurría a nadie, era mi momento de desconexión y no iba a mancharlo con penas. No me apetecía explicar la situación y quizá ese fue mi problema. Incluso, cuando empecé con 17 años con la que es hoy mi actual pareja (2018), ocultaba bajo una fina tela de mentiras lo que ocurría. Y es que, perdóname Principito, pero creo que no estábamos preparados para escuchar temas tabús.

No. Rectifico. No estamos preparados para escuchar. Y el mundo necesita ser escuchado y yo, aunque no lo supiera, también lo necesitaba. Creía quizá de forma equivocada que con 15 años no apetece hablar de temas trascendentales.  Mis conversaciones creía que podían ser más aburridas que las del resto. ¿Quién iba a querer escucharlos? Pues Principito, tengo que decir que sí había alguien.

Mi amiga Rebeca. Incluso a ella tardé en contarle cómo me pesaban a veces los llantos de niños y adultos, cómo mi hogar a veces solo era una casa. Me acompañaba en las largas tardes y nos quedábamos en casa intentando salvar el mundo desde una ventana rodeada de pañales y perfumes a Dolce&Gabbana… Pero como todo Principito, la amistad cambia y evoluciona. No siempre permanece en el mismo estado.

¡Esa es la clave! Mi principal problema es no saber aceptar que, como cualquier relación, las amistades evolucionan, cambian y se transforman. Y no por ello pierden su esencia o desaparecen, ¿verdad? Quizá sea como la energía que ni se crea ni se destruye solo se transforma…

Mi pequeña teoría se dilapidó siendo más mayor. Quise vaciar mis pensamientos, me apetecía contar cómo me sentía y desvelar al resto que color reinaba en mi mundo.

Y no funciono Principito. Me dieron un estacazo y arrastraron mi confianza por el suelo.

Entendí entonces que quien más daño puede hacerte es quien más conoce de ti, así que, mejor impostar y no desnudar tus secretos ante nadie, ¿no?

¡No me «pienses» así Principito! No creer en la amistad de forma utópica no es tan malo. ¡Ya sé! Creo que en la amistad de forma realista: con sus momentos, situaciones, cambios… ¿Mejor así? ?

 

 

 

Capítulo 4: Wendy

1,2,3,4,5,6,

1,2,3,4,5,6,7

1,2,3,4,5,6, 7,8,9,

1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11 y 12.

Perfecto. Estamos todos.

Ese era y sigue siendo mi ritual diario. Depende de cuantos fuesemos en ese momento, contaba hasta 8 o hasta 12. Lo que estaba claro es que aunque conmigo solo estuvieran 5, yo hacía un repaso por todos, incluyendo los que estaban en casa o en otro lugar.

Si volvíamos del colegio, les contaba en la entrada, si salíamos al parque, de manera enfermiza revisaba una y otra vez que todos estuvieran y que ninguno se me pasara por alto. Era muy complicado y para no volverme loca había una norma que no debían saltarse bajo ningún concepto:

¡No salir del parque o zona en cuestión sin decírmelo antes!

Obviamente, salían, entraba, se iban, venían…Y yo pasaba a ser la ansiedad en persona.

Joder, ¿dónde estaba la dificultad?  

No era tan difícil, pero haber cómo le dices tú a un niño que obedezca las ordenes de una niña (aunque he de decir que solían respetarme bastante).

Y diréis, ¿por qué tanto nervio si hay un adulto delante que ya se encarga de eso? Pues porque no existía la figura de ese adulto.

Mi precioso abuelo nos solía llevar al parque después del colegio. Pasamos muchas tardes meciéndonos en los columpios, riendo a carcajadas, llenándonos de golosinas la barriga y de recuerdos el alma.

Sin embargo, la vida terminó consumiendo la fortaleza de mi abuelo, el viento era el único que por entonces nos empujaba porque él ya no podía. Se le iban apagando las ganas y aunque su amor siempre fue más fuerte que su enfermedad, terminó por dejar de llevarnos al parque.

Solo nos hizo una petición a las mayores:

«Por favor, cuidar de ellos como yo he intentado cuidaros»

¿Quién podía decir que no al hombre que dio su vida entera por nosotros?  

Desde luego, yo no iba a ser ni seré quien rompa su promesa.

A partir de entonces, después de hacer los deberes y cada tarde de verano, iba al parque con los enanos. Hasta ahora, creo que no he sido consciente de la responsabilidad que acarreaba. Imaginaos que se perdiera o despistara alguno mientras yo estaba al cuidado.

¡A mi me daba un ataque cardiaco! (literal)

Desde entonces, comencé a generar una fobia horrible (que a veces persiste) a que se alejaran de mí o hicieran actividades en las que yo no estaba vigilándoles.

Si llegaba a casa y alguno de los niños no estaba porque se había ido con algún familiar o amigo, enloquecida y llena de auténtico pánico (no exagero, realmente era agotador), llamaba a la persona responsable y me aseguraba por mi misma que estaba donde decían que estaba.

No me fiaba de la palabra de mi madre ni de la de nadie, o lo comprobaba yo misma o no tenía validez.

Deseaba ansiosa la llegada de ellos a casa y aunque al principio era una obligación ir a recogerles a los sitios en los que estuvieran, se terminó convirtiendo en una necesidad. De ese modo, me aseguraba que estaban a salvo y protegidos.

Tuve que empezar a relajarme porque me estaba ahogando por dentro tanto nerviosismo. Se me viene a la mente las salidas por el paseo marítimo de Torrevieja.

De verdad, para mí era un sin vivir.

A pesar de guardar recuerdos preciosos de esa época, no se me olvida el cortocircuito que provocaba en mi cabeza el simple hecho de entrar a la marabunta de gente del paseo. Generé un miedo y repulsión a los tumultos fuera de lo habitual. 

Tranquilos, ya estoy má sosegada. Lo único que sigo haciendo de forma compulsiva hasta día de hoy es contar, contar y volver a contar que están todos conmigo.  La ecuación tenía que estar completa y no podía permitirme un fallo matemático de ese calibre.

 

PD: Gracias abuelo, porque me enseñaste a ser mejor persona y rescataste del fondo de mí, valores que creía escondidos u olvidados. Te estaré eternamente agradecida caballero de Blanca Armadura. Ahora te toca descansar allá donde estés. Fuiste más que un padre y así te recordaremos. Aquí sigue haciendo falta personas como tú que realmente sepan amar. Siempre estarás en mi corazón.

 

 

 

 

Capítulo 3: Más que hermana

Unos padres con 12 hijos necesitan ayuda para las tareas diarias y ese refuerzo adicional y directo viene de los hijos o en el mejor de los casos, del servicio de limpieza y canguros. Eso es una realidad.  Si no hay colaboración, el castillo se derrumba. En el siglo XVII y en el XXI. No hay discusión.

Poco a poco, la casa se iba llenando de niños y cada vez se hacía más pequeña. Terminamos siendo 14 personas en casi 90 metros cuadrados: cuatro habitaciones, dos cuartos de baño y una ducha. Si, habéis leído bien: una maldita ducha. La respuesta a todo es: por turnos. Todo en mi casa funcionaba por turnos: las duchas, las comidas, la tele…Todo menos las discusiones y los lloros, esos venían todos seguidos.

¿Dormir? Antes de la gran reforma que hizo mi abuelo en casa hace 6 años, había 7 camas y una cuna. Si, No os comáis más la cabeza: dormíamos unos con otros. Nos las apañábamos y hasta que el cuerpo lo permitiera nos acostábamos  de dos en dos. A mi como era delgadita me tocaba el premio gordo y a veces incluso tres renacuajos se metían en mi cama de 90 cm. Al final, te acostumbras a todo y no era para tanto. Mi espalda quizá diga lo contrario, pero te terminas amoldando. Creedme.

Al ser la segunda, pronto comenzaron las responsabilidades y los quehaceres.

Mis tareas no eran muy complicadas. Con siete años comencé a ponerme las pilas. Os lo creáis o no, en una familia numerosa siete años ya es edad más que suficiente para responder y hacer muchas cosas. Se me daba muy bien dormir a los niños por lo que en las noches en las que mis padres desistían, me encargaba de tranquilizarles. ¡Maldita Verónica! Todavía me acuerdo las noches que me daba. Lo único que la tranquilizaba era una nana y mirar por la ventana de mi casa las luces de las farolas encendidas en la madrugada.  De las siestas también me encargaba y así me garantizaba que no me dieran tanta guerra durante el día.

También delegaban en mí tareas como: hacer los biberones (mmm, que rica está la leche en polvo) y dárselo al que tocara mientras mi madre daba el pecho al predecesor, dar de comer los riquísimos potitos, cambiar pañales, bañar a los pequeños, barrer, poner la mesa sin opción a escaqueos, hacer mi cama y la cama de 2 más, preparar desayunos (eso era más mi hermana Mariu), hacer la compra, fregar sin lavaplatos… En este punto, he de decir que hasta hace 2 años (2016) no llegó a mi casa este genial invento por lo que no pude disfrutarlo.   Grgrgrgrgr…¡Gracias!

En fin, tareas domésticas del día a día solo que siendo una cría. Ahora, os aseguro que de todo se saca algo bueno y yo de esta experiencia he ganado tablas con los niños y puedo averiguar por sus posturas si un niño se duerme en carrito, en brazos de mamá o en brazos de papá. ¡Ts! ¡No iban a ser todo lamentos!

En la actualidad, lo miro con perspectiva y sin sufrimiento, pero en su momento fueron muchas las veces que me llevé las manos a la cabeza. ¿Por qué? Porque tenía que hacer frente a una situación que me venía grande: cuidar a unas pequeñas personitas, colaborar e implicarme en las tareas del hogar casi al 100%. Y no me daba la gana.

Al principio, lo hacía con gusto, pero según crecía y fui siendo más consciente tenía claro una cosa: no me daba la gana tener tanta responsabilidad.

No era mía joder.

¿Quién me ha pedido permiso para ser tantos?

Menuda bobada, ¿verdad?

Pues no, no lo es.

Nosotros también formábamos parte de ese todo y nuestra opinión tendría que haber sido escuchada. Eso o desprenderme de las responsabilidades que me tocaban. Si no tengo decisión en algo que directamente me implicaba, ¿por qué luego acudían al rescate de manos salvadoras?

Moraleja: Escuchad más a vuestros hijos. A veces, sus palabras ofrecen más cordura que cualquier adulto.  

 

 

 

Capítulo 2 : La familia Bueno

Al principio, todo era normal. Recuerdo poco de cuando era pequeña, pero si hay algo que no se me olvida es el silencio. El silencio que reinaba en mi casa. No había peleas, las comidas eran tranquilas, encontraba mis zapatos a la primera, en definitiva, había paz y orden. Una paz y un orden que pronto se acabaron. Uno tras otro comenzaron a llegar de forma inesperada y sin consultar ni pedir opinión niños por doquier. Y a partir de ese momento, todo cambió.

La vida daba un giro de ciento ochenta grados y pasé de ser la segunda hija de un matrimonio normal al puesto de mamá segunda colaborando a que no estallara el caos. El equilibrio empezó a caminar por un fino hilo en el que cualquier movimiento podía derrumbarlo todo. Los gritos y las voces se instalaron de forma perpetua en casa, pero os aseguro que poco a poco te acostumbras a ello. Comenzaron a implantarse actitudes y acontecimientos hasta entonces desconocidos, al mismo tiempo que otras prácticas se quedaron en el olvido. Por ejemplo, los insultos que comenzaron a ser un hábito normal del día a día. De hecho, estoy segura de que los insultos se inventaron en mi familia. No es coña.

Para poneros en contexto voy a presentaros a mis queridos hermanos. Somos siete chicas y cinco chicos, cada uno con sus rarezas y sus peculiaridades:

María Eugenia, pero para todos nosotros Mariu. Siempre ha sido la encargada de que la casa estuviera ordenada porque al principio, no sabía cómo manejarse con los niños. De carácter tímida, pero valiente, siempre está en continua evolución personal. La más chinche de todos, se encargó de poner motes a cada niño de forma bastante original. Casi todos hemos heredado la rareza social de mi padre y nos cuesta bastante entablar amistades nuevas y crear vínculos desde cero. Maria Eugenia y yo somos un claro ejemplo de la herencia de mi padre. Después de pasar por varias profesiones, (militar, profesora de educación física y otras más) decidió finalmente que su vocación era estar con los más pobres y cerca de Dios. A los 22 años comenzó el camino como Hija de la Caridad de san Vicente de Paul y allí continua, sirviendo a los más necesitados. A ella, le debo el apoyo constante y las charlas en el baño cuando parecía que todo iba a derrumbarse. Su fortaleza y sacrifico eran las patas de una mesa que sin ella no se sostiene como antes. Mi confidente.

José María es aquel niño callado repleto de inseguridades que despierta de su letargo en ocasiones para decirnos que sigue aquí. Indeciso y sentimental, aún recuerdo como se emocionó cuando hizo la comunión. El ojito derecho de mi abuelo paterno, mi eterno caballero de blanca armadura. José María no se ha implicado en el cuidado de los niños y de la casa como María Eugenia y yo. Siempre le costó más entender que hay responsabilidades que, aunque no nos corresponden, debemos cumplir con ellas. Un rebelde silencioso que se enfoca en algo y exprime todas sus fuerzas para que salga bien.

Nohelia, la princesa del chorizo. De pequeña, y aunque le duela reconocerlo, deseaba a grito pelado ser hija única y evitaba jugar con nosotros para que no le rompiéramos sus trastos. Siempre llena de libertad, curiosidad y vida, eterna viajera del viento, le encanta reivindicar y defender las injusticias. La voz que siempre dice » lo conseguiré y perseguiré», la del timón de hierro y pétalos de sonrisas. La » larga» de la familia, con melena del color del viento y carácter de ráfaga pacífica en medio del desierto. Con elegancia de pasarela y desigual estilo, camina valiente por encima de quien le quite las ganas. Es la Marinera de rotas orillas. ¡Sigue dejando huella en cada playa escondida!

Jesús, pero para nosotros y especialmente para mi Tino. Él siempre será mi pequeño, aunque el tiempo haga estragos entre nosotros y nos convirtamos en eternos archienemigos. Uno de los que más tuve que cuidar y uno de los que más guerra me dio, pero volvería a luchar en cualquier batalla si necesitase un escudo para protegerse. Al contrario que el resto, le gusta conversar y sus habilidades sociales destacan muy por encima de las nuestras. El de corazón más tierno y sincero, pero enfurecido por las llamas del pasado. Aún tengo la esperanza de que vuelvan a brillar sin viento en contra que le abrase.

Raquel mi pequeña Raquelita. La adolescencia se adueñó de ella y la arrebató de mis brazos. Volvió herida y con más ganas que nunca de volar, y yo con más ganas que nunca de quererla. Directa y sin filtros, fuerte y luchadora, capaz de enfrentarse al miedo de frente y mirarle a los ojos sin pestañear. Guerrera.

Ahora, trataré de ser más breve porque este capítulo se puede hacer eterno si dedico a cada uno más de cinco líneas. Los que faltan aún son pequeños y todavía queda mucha historia por escribir de ellos.

Samuel sin duda es el mejor ejemplo de que insistiendo se consigue lo que uno desea. Junto a Verónica, eran los niños de mi habitación y yo me encargaba de todo lo que a ellos concernía. Verónica puede sacarte de quicio en menos de un segundo y hacerte llorar con palabras hermosas propias de un adulto. Mis esmeraldas…

Juanito es el niño de la eterna sonrisa. Nació con un don especial que no todo el mundo comprende. Su compañera inseparable mi abuela María, su ojito derecho y por él  se derrite.  Juan necesita más atención que el resto y en una casa con tantos no hemos podido darle toda la que se merece. Con 12 añitos, aún no sabe leer ni escribir, pero estoy segura que en algún momento lo conseguirá.

Nazareth es la tierna niña de labios carnosos. La más guapa de la casa, aunque siempre la digo que no tiene que creérselo, que si no el fantasma del ego y de la estupidez la atrapará. Humilde y cercana, rebelde y contestona. Maria Eugenia y yo nos peleábamos por cuidarla cuando nació. Estoy segura de que le espera un futuro brillante.

Uriel y Carmen mis dos pequeños tesoros, los dos renacuajos de la familia. Ellos miran la familia desde la perspectiva de ser los nenes del hogar, bastante más consentidos que el resto y mimados.  Cuando tenía Uriel seis años y Carmen 5 me fui de casa por lo que no he estado con ellos todo lo que me hubiese gustado. Ahora, los miércoles suelo quedarme a dormir en casa de mis padres para pasar más tiempo con ellos y no echarles tanto de menos. Al fin y al cabo, son mis pequeños y me duele mucho separarme de su lado.

 

 

 

Capítulo 1: Eramos pocos...

Siempre digo que mi familia es como una película italiana porque todos los personajes que os podáis imaginar tienen cabida en este cuento. Todos. La segunda hermana de una jauría de grillos, la segunda de doce hermanos.

A mi madre, le encantaba mirar la vida con aires de grandeza y decidió formar su propio imperio.

A mi padre, le consumieron los tragos amargos de la vida en un vaso vacío y quiso llenarlos de promesas, sabiduría y sueños por cumplir.

Yo puedo definirme como un mixto, soy un poco “madre”, la mitad de “padre” y el resto de hermana.
Si queréis entenderlo todo, empecemos por el principio. Voy a resolver la enorme incógnita que todo el mundo tiene cuando nos conoce. Aunque resulte extraño, no pertenecemos a ningún grupo, institución o comunidad católica, no somos del Opus Dei, ni del camino Neocatecumenal, ni de nada.

Me encantaría decir que existe un motivo concreto y justificar esta auténtica locura, pero no. No la hay. Si hubiera una razón, os juro que me hubiera resultado mucho más sencillo comprender y aceptar el porqué de tener tantos hermanos. En torno a mi familia y más concretamente en torno a mi padre gira un aire místico, pero no existe ninguna conexión entre este sentimiento espiritual y la decisión de tener doce hijos.

Ninguna.

Esta vez no vengo a contaros la típica historia de una familia numerosa, voy a compartir con vosotros una visión poco común y alejada de la utópica. Mi visión. Espero que os guste.

 

 

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