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Cuentos de adultos

 Se acabaron los antros, los olores a malta, el rojo en sus ojos, las manos ensuciadas.

 

Dicen que para enamorarse bien hay que ir al sur, pero créanme para enamorarse hay que ir

-Me marcho – dijo papá

– ¿Dónde vas? – preguntó mamá

– Al despacho. Me he dejado la cartera- contestó

– Claro y la necesitas.

– Exacto

– Bueno…

Papá se estaba marchando por la puerta cuando. . . 

-¡Espera! – interrumpía de nuevo mi madre.

– ¿Qué pasa?

– ¿Volverás pronto?

– No, tardaré un poco

 

Observando la escena pensaba:

“papá que no se te olvide apagar las velas que oscurecen tu alma.

Recuerda silenciar tus miedos y dejar encendida la voluntad que te espanta”.

.

.

 No regresa, ve a buscarle– decía mamá mientras me miraba.

Y eso hacía. Salía en su busca por las calles y callejas hasta que diera con él. 

Ese era nuestro juego: yo era espía de sus pecados y mi padre un velero naufragando de antro en antro que iba apagando fuegos. O eso creía.

– ¡Le he visto mamá! ¡Ha entrado! – a cazar monedas, a espantar relámpagos  pensaba.

 ¿Dónde estaba? ¿En qué antro? – preguntaba

– ¡Ven!

 

Ibamos a su encuentro. Una encerrona. 

– ¡Escóndete detrás de los coches para que no te vea coño! – me ordenaba mi madre con el ceño fruncido.

Mientras, me reía y pensaba cuánto tiempo hacía que no jugaba conmigo mamá.

Le encontrabamos. 

 ¡Lo sabía! Sabía que estaba en ese puto destierro de almas vacías. Se va a enterar – y decidida, tomaba dirección hacia el antro para encontrarse con papá.

– Pero mamá, ¡que nos va a ver! – insistía como si aún le importara.

 

Nublada por los fantasmas que le atormentaban, sacaba pecho y les empujaba. Salía de la trinchera para enfrentarse a ellos de frente y dando la cara.

– ¿Y tú qué? ¿Otra vez igual? – preguntaba mi madre con palabras cargadas de rabia.

-No, solo he entrado para saludar – contestaba papá.

Eres un hijo de puta. Delante de tu hija Goya, ¿es que no te da vergüenza?

Mi padre no podía ocultarlo. Dibujada en su cara tenía la verdad. De repente, papá me miraba y sentenciaba

– Me has traicionado– y sus palabras chocaban contra mí como auténticas balas.

Había roto su confianza.

 Papá yo…es que mamá…– intentaba explicar.

 

De camino a casa éramos 5: mi padre, mi madre, la culpa que me pesaba, la humillación hacia mi padre y yo…

Mi madre estaba enzarzada en sus ramas envenenadas y le castigaba:

-¡Cabronazo!

-Aquí no…

– ¡No, de eso nada! Qué todo el mundo vea qué clase de padre eres- gritaba en medio de la plaza.

– ¡Mamá déjale en paz! Ahora no te escucha. Ya se lo dirás mañana- le decía intentándola sin éxito hacerla razonar.

Él callaba. No reaccionaba. Se volvía manso.

A veces. 

Otras estallaban y como caballo desbocado arramplaba con quien fuera y arrasaba a quien hiciera falta.

Demostraba su valía, aunque sus fuerzas fallaran.

Ya en casa. 

 

.

.

Pero no había tregua, la batalla ahí no acababa.

Noches de gritos a la espalda. No eran de los vecinos, ni de niños, no era una pelea en la calle.

Era en mi casa.

Y yo solo querían que se callarán, por favor, que se callarán,

que se alejaran, temiendo que de un momento a otro pasara…

Y de repente, pasaba.

 ¡Goya! ¡Ven ¡Tu padre! ¡Joder! –me llamaba mi madre con la voz ahogada.

 Mi hermana y yo corríamos y les separábamos. Intentábamos calmarlos.

 ¡Se acabó! ¡Mamá vete a la puta cama! Y tu papá al salón – les retaba.

-No, yo me voy de casa – decía mi padre mientras se tambaleaba.

Salía corriendo hacia la puerta para cerrarla con llave, aunque no hiciera falta correr porque hasta una tortuga le alcanzaba.

 ¡Tú te vas, pero al salón y por dios, ¡cálmate! – terminaba dictando.

Conseguido. Mi hermana y yo habíamos conseguido que acabara. Las fieras se habían sosegado. Podíamos irnos a la cama.

A media noche, sentía como se despertaba mi padre. Iba a pedir perdón.

A mi no.

A mi hermana tampoco.

A mi madre.

 

-Lo siento no volverá a ocurrir- se lastimaba mi padre.

Y ella a la luz de la noche se volvía blanda y creía sus palabras.

 

Al día siguiente, no había resaca. Era como si lo hubiera soñado.

¿Es que nadie recordaba lo que había ocurrido ayer?

Mejor, así más tranquilos.

¿o no?

 

Y vuelta a empezar. Y así siempre…

.

.

.

Hasta que un día al cabo de los años, las luces azules entraron por los cristales de mi casa.

Se le llevaban. Un hombre vestido de uniforme arrestaba sus sombras y aplacaba sus batallas. Y él luchaba y se rebelaba.

Esa tarde había perdido el control como había ocurrido antaño, pero esta vez, alguien se armó de valor y descolgó el teléfono para marcar los números que le ayudarían, aunque en ese momento le condenaran.

Fue una lección de vida que le ayudó a tomar las riendas de su vida y marcar el cambio que él quería. Se acabaron los antros, los olores a malta, el rojo en sus ojos, las manos ensuciadas…¡Se acabó!

Había quemado a sus fantasmas.

O al menos, a algunos.

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