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Capítulo 3

Más que hermana

 

 

Unos padres con 12 hijos necesitan ayuda para las tareas diarias y ese refuerzo adicional y directo viene de los hijos o en el mejor de los casos, del servicio de limpieza y canguros. Eso es una realidad.  Si no hay colaboración, el castillo se derrumba. En el siglo XVII y en el XXI. No hay discusión.

Poco a poco, la casa se iba llenando de niños y cada vez se hacía más pequeña. Terminamos siendo 14 personas en casi 90 metros cuadrados: cuatro habitaciones, dos cuartos de baño y una ducha. Si, habéis leído bien: una maldita ducha. La respuesta a todo es: por turnos. Todo en mi casa funcionaba por turnos: las duchas, las comidas, la tele…Todo menos las discusiones y los lloros, esos venían todos seguidos.

¿Dormir? Antes de la gran reforma que hizo mi abuelo en casa hace 6 años, había 7 camas y una cuna. Si, No os comáis más la cabeza: dormíamos unos con otros. Nos las apañábamos y hasta que el cuerpo lo permitiera nos acostábamos  de dos en dos. A mi como era delgadita me tocaba el premio gordo y a veces incluso tres renacuajos se metían en mi cama de 90 cm. Al final, te acostumbras a todo y no era para tanto. Mi espalda quizá diga lo contrario, pero te terminas amoldando. Creánme.

Al ser la segunda, pronto comenzaron las responsabilidades y los quehaceres.

Mis tareas no eran muy complicadas. Con siete años comencé a ponerme las pilas. Os lo creáis o no, en una familia numerosa siete años ya es edad más que suficiente para responder y hacer muchas cosas. Se me daba muy bien dormir a los niños por lo que en las noches en las que mis padres desistían, me encargaba de tranquilizarles. ¡Maldita Verónica! Todavía me acuerdo las noches que me daba. Lo único que la tranquilizaba era una nana y mirar por la ventana de mi casa las luces de las farolas encendidas en la madrugada.  De las siestas también me encargaba y así me garantizaba que no me dieran tanta guerra durante el día.

También delegaban en mí tareas como: hacer los biberones (mmm, que rica está la leche en polvo) y dárselo al que tocara mientras mi madre daba el pecho al predecesor, dar de comer los riquísimos potitos, cambiar pañales, bañar a los pequeños, barrer, poner la mesa sin opción a escaqueos, hacer mi cama y la cama de 2 más, preparar desayunos (eso era más mi hermana Mariu), hacer la compra, fregar sin lavaplatos… En este punto, he de decir que hasta hace 2 años (2016) no llegó a mi casa este genial invento por lo que no pude disfrutarlo.   Grgrgrgrgr…¡Gracias!

En fin, tareas domésticas del día a día solo que siendo una cría. Ahora, os aseguro que de todo se saca algo bueno y yo de esta experiencia he ganado tablas con los niños y puedo averiguar por sus posturas si un niño se duerme en carrito, en brazos de mamá o en brazos de papá. ¡Ts! ¡No iban a ser todo lamentos!

En la actualidad, lo miro con perspectiva y sin sufrimiento, pero en su momento fueron muchas las veces que me llevé las manos a la cabeza. ¿Por qué? Porque tenía que hacer frente a una situación que me venía grande: cuidar a unas pequeñas personitas, colaborar e implicarme en las tareas del hogar casi al 100%. Y no me daba la gana.

Al principio, lo hacía con gusto, pero según crecía y fui siendo más consciente tenía claro una cosa: no me daba la gana tener tanta responsabilidad.

No era mía joder.

¿Quién me ha pedido permiso para ser tantos?

Menuda bobada, ¿verdad?

Pues no, no lo es.

Nosotros también formábamos parte de ese todo y nuestra opinión tendría que haber sido escuchada. Eso o desprenderme de las responsabilidades que me tocaban. Si no tengo decisión en algo que directamente me implicaba, ¿por qué luego acudían al rescate de manos salvadoras?

Moraleja: Escuchad más a vuestros hijos. A veces, sus palabras ofrecen más cordura que cualquier adulto.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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