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Capítulo 8

Lozoya

 

Nuestro próximo destino fue otro bonito y gran pueblo de la sierra de Madrid. Cuando desembarcamos allí tenía claro que nadie iba a volver a pisarme como hicieron en el anterior pueblo. Recuerdo bajar del coche creyéndome cargada de personalidad con pulseras de colores cubriendo mis muñecas y con mirada altiva.

Nada me iba a parar.

Por suerte, pronto me di cuenta que Lozoya no era igual que el otro pueblo y bajé el escudo que llevaba en posición de defensa. En los pueblos por normal general cuesta mucho entrar en los grupos. Ellos están juntos desde niños y tú eres la extraña que llega  de fuera. Sin embargo, en Lozoya nunca me sentí así, al contrario, me encontraba arropada y cuidada.

No tardé en hacer buenas amistades.

En Lozoya seguía sin tener la libertad de la que disfrutaban el resto de las chicas de mi edad y continuaba compartiendo las tardes con mis hermanos y ellas: salíamos a dar paseos con el carrito y a resolver los problemas de la adolescencia con sonrisas y carcajadas mientras acunábamos a algún niño en el cochecito. La tarea más complicada llegaba a la hora de la comida.

Me  tocaba junto a mi hermana la mayor reunir a los niños y buscarles por el pueblo. Lozoya es un lugar precioso, pero demasiado grande y tardaba en encontrarles más de lo que me hubiese gustado.

En los pueblos se cuenta con más independencia y eso hacía que prácticamente cada niño estuviera en un sitio diferente: unos en el parque, otros con sus amigos en la plaza o en sus casas, etc. Me montaba en la bicicleta y cuando encontraba a uno y le llamaba, pasaba el tiempo suficiente para que el primero ya se hubiera despistado de nuevo.

Os juro que en ocasiones por más vueltas que daba, no llegaba a encontrarles y comenzaba a gobernar la ansiedad por mí. Era en esas ocasiones drásticas, cuando mi padre cogía el coche para salir a buscarles.

Por las noches, mi familia y yo cuando estábamos en el anterior pueblo teníamos por costumbre salir a pasear. Un paseo corto, pero muy reconfortante y sin duda, necesario. Sin embargo, cuando llegamos a Lozoya se cambió la tradición y a partir de entonces mis padres comenzaron a dedicar ese tiempo para ellos, para desconectar y salir a pasear, pero sin nosotros. Era entonces cuando entraban en debate mis deseos y los suyos: yo quería salir con mis amigos que solían juntarse más por la tarde/noche y mis padres querían que me quedará con los niños.

Por supuesto, me quedaba en casa.

Mi padre siempre decía y sigue diciendo: “las vacaciones son para que las disfrutemos todos, no solo vosotros igual que los fines de semana” Muy sabio, ¿verdad?

Pues eso…Para todos…porque yo durante el día también ayudaba y colaboraba en casa, entonces, ¿cuándo llegaba mi turno para el tiempo de relax?

Nuestros vecinos de enfrente se convirtieron en nuestra segunda familia en Lozoya nada más llegar. A los pocos días de estar allí, llamó a la puerta una atrevida chica con una gran sonrisa que venía a presentarse y a invitarme a salir con ella.

¡A mí! Casi lloro de la emoción al recordarlo…

Además, tuvo valor porque lo intentó dos veces: la primera vez fue con mi hermana la mayor y se llevó una negativa clarísima. Mi hermana no tenía en sus planes sociabilizar hasta ese grado con las personas del pueblo, pero yo sí y estaba encantada de que me viniera a  buscar. Aún hoy lo echo de menos. Y así fue como conocí a una de las chicas más positivas, valientes e inteligentes que la vida me ha presentado.

Los abuelos de mi amiga nos acogían a comer o a cenar cuando quisiéramos, sobre todo a Verónica. Siempre me dio vergüenza pensar que podían escuchar nuestras revueltas, peleas o voces y juzgarnos por ello.

Nunca lo hicieron.

Quizá porque no nos oían.

Quizá porque les daba igual. Al final, todos tenemos trapos sucios que lavar en nuestras casas, unos más sucios que otros, pero trapos.

En una casa con tantos niños la paciencia a veces es tu mejor amiga, sin embargo en otras se convierte en tu peor aliada. Se desatan basiliscos en tu interior que jamás creíste tener y llegas a perder de una manera tan rápida los nervios y la voz  que dejas de ser tú misma.

“No soy yo. Así no soy yo” Te repites una y cien mil veces.  

También tuvimos que decir adiós a Lozoya, pero en este caso no porque no nos acogieran bien. Y yo me cargué de rabia y odié aquella decisión como buena adolescente y juraba y perjuraba que las Moiras de los cielos iban a pagar por aquello.

Mis padres querían un pueblo más pequeño y una casa que cumpliera con otras características. Y así fue como emprendimos el rumbo hacía otro lugar de la sierra de Madrid: Pinilla de Buitrago.

 

 

 

 

 

 

 

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