Seleccionar página

Capítulo 5

Amistad

 

“No era más que un zorro semejante a cien mil otros, pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo” – El Principito.

Lo siento, Principito. Tus palabras son sabias y las comparto, pero tengo que confesar que según pasa el tiempo se debilita mi creencia en la amistad.

¡Qué tristeza!

Cada vez me invade un desencanto mayor hacia su concepto y lo que significa.

¿Por qué? Quizá sea porque soy muy ortopédica socialmente: no me gusta dar abrazos, no sé manejar bien las distancias y creo muros para evitar que me hagan daño. La amistad es preciosa, pero Principito me cuesta mucho creer en ella.

Me encantaría que todo fuera tan sencillo como cuando éramos niños. Acercarte a esa persona que por algún motivo “admiras” y decirle: «quiero ser tu amiga, ¿me dejas? 

Imagino que mi desencanto tiene su explicación en el pasado. 

En el colegio tenía muy buenas amistades y algunas de ellas me hubiera gustado que durasen toda la vida. Sin embargo, conforme pasaban los años me daba cuenta de que los caminos se separaban y volver a cruzarnos no sería tan fácil. Empecé a asumir la idea.  

De nuevo, eran mis responsabilidades a edad temprana las que no me permitían moverme con la libertad que hubiese querido. Si además, le sumabas el control férreo de mis padres…  Hasta los 17 años mi hora de llegar a casa en Madrid eran las 19:00 h de la tarde. A los 18 años me solté el pelo y ya podía estar hasta las 20:30 h ¡Diversión!

Al terminar Bachillerato quise hacer el típico viaje de finde curso, en este caso, a Mallorca. Evidentemente, y a pesar de haber sido la tercera de mi clase con una media de 9,40, no me dejaron. (Señalo la nota porque me esforcé y no me toqué las narices, es decir, no era un castigo por malas calificaciones)

En el pueblo me daban más cancha. A los 19 años me dejaban hasta las 03:00 de la mañana en “algunas” fiestas cercanas. ¡Qué rebelde!

No os preocupéis, todo tiene su explicación y he de decir, que, aunque hubiera agradecido un poco más de confianza y libertad, no tengo ningún trauma por ello. La vida te da a lo largo del tiempo más oportunidades de las que crees para ser libre (si te atreves) y llegar a la hora que quieras a casa. Tantas que acabas cansándote.

¿Por qué tan pronto? Si, efectivamente, los niños me esperan en casa. Mis padres se iban a intentar solucionar el mundo siempre de la mano y alguien tenía que quedarse al mando. Si el caos se instalaba en casa, me llamaban y tenía/había que salir corriendo, por eso me regalaron muy pronto un teléfono móvil. ¡Qué afortunada!

Aún recuerdo como temía la llamada de mi tía paterna Conchita, mi ángel de la guardia en la distancia. Si era ella quien me llamaba, la cosa pintaba mal. Realmente, necesitaba mis manos para actuar desde lejos. Y yo, presa del miedo, asustada y templando por lo que pudiera encontrarme, descolgaba el teléfono y delante de mis amigas disimulaba y me marchaba. Les contaba una verdad a medias (como a vosotros lectores): tenía que cuidar de mis hermanos, pero no lo entendían y se volvían con rostro sombrío.  El hecho de que siempre tuviera que marcharme pronto y, a veces, corriendo no sentaba del todo bien.  Y claro, si a la mitad de los planes que hacían decía que no, terminaban por dejar de invitarme. Es totalmente lógico y comprensible.

En su momento, no tenía la necesidad de contar qué es lo que ocurría a nadie, era mi momento de desconexión y no iba a mancharlo con penas. No me apetecía explicar la situación y quizá ese fue mi problema. Incluso, cuando empecé con 17 años con la que es hoy mi actual pareja (2018), ocultaba bajo una fina tela de mentiras lo que ocurría. Y es que, perdóname Principito, pero creo que no estábamos preparados para escuchar temas tabús.

No. Rectifico. No estamos preparados para escuchar. Y el mundo necesita ser escuchado y yo, aunque no lo supiera, también lo necesitaba. Creía quizá de forma equivocada que con 15 años no apetece hablar de temas trascendentales.  Mis conversaciones creía que podían ser más aburridas que las del resto. ¿Quién iba a querer escucharlos? Pues Principito, tengo que decir que sí había alguien.

Mi amiga Rebeca. Incluso a ella tardé en contarle cómo me pesaban a veces los llantos de niños y adultos, cómo mi hogar a veces solo era una casa. Me acompañaba en las largas tardes y nos quedábamos en casa intentando salvar el mundo desde una ventana rodeada de pañales y perfumes a Dolce&Gabbana… Pero como todo Principito, la amistad cambia y evoluciona. No siempre permanece en el mismo estado.

¡Esa es la clave! Mi principal problema es no saber aceptar que, como cualquier relación, las amistades evolucionan, cambian y se transforman. Y no por ello pierden su esencia o desaparecen, ¿verdad? Quizá sea como la energía que ni se crea ni se destruye solo se transforma…

Mi pequeña teoría se dilapidó siendo más mayor. Quise vaciar mis pensamientos, me apetecía contar cómo me sentía y desvelar al resto que color reinaba en mi mundo.

Y no funciono Principito. Me dieron un estacazo y arrastraron mi confianza por el suelo.

Entendí entonces que quien más daño puede hacerte es quien más conoce de ti, así que, mejor impostar y no desnudar tus secretos ante nadie, ¿no?

¡No me «pienses» así Principito! No creer en la amistad de forma utópica no es tan malo. ¡Ya sé! Creo que en la amistad de forma realista: con sus momentos, situaciones, cambios… ¿Mejor así? ?

 

 

 

 

Subscríbete a DoceLetrasSubscribirse