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Capítulo 4

Wendy

 

1,2,3,4,5,6,

1,2,3,4,5,6,7

1,2,3,4,5,6, 7,8,9,

1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11 y 12.

Perfecto. Estamos todos.

Ese era y sigue siendo mi ritual diario. Depende de cuantos fuésemos en ese momento, contaba hasta 8 o hasta 12. Lo que estaba claro es que aunque conmigo solo estuvieran 5, yo hacía un repaso por todos, incluyendo los que estaban en casa o en otro lugar.

Si volvíamos del colegio, les contaba en la entrada, si salíamos al parque, de manera enfermiza revisaba una y otra vez que todos estuvieran y que ninguno se me pasara por alto. Era muy complicado y para no volverme loca había una norma que no debían saltarse bajo ningún concepto:

¡No salir del parque o zona en cuestión sin decírmelo antes!

Obviamente, salían, entraba, se iban, venían…Y yo pasaba a ser la ansiedad en persona.

Joder, ¿dónde estaba la dificultad?  

No era tan difícil, pero haber cómo le dices tú a un niño que obedezca las ordenes de una niña (aunque he de decir que solían respetarme bastante).

Y diréis, ¿por qué tanto nervio si hay un adulto delante que ya se encarga de eso? Pues porque no existía la figura de ese adulto.

Mi precioso abuelo nos solía llevar al parque después del colegio. Pasamos muchas tardes meciéndonos en los columpios, riendo a carcajadas, llenándonos de golosinas la barriga y de recuerdos el alma.

Sin embargo, la vida terminó consumiendo la fortaleza de mi abuelo, el viento era el único que por entonces nos empujaba porque él ya no podía. Se le iban apagando las ganas y aunque su amor siempre fue más fuerte que su enfermedad, terminó por dejar de llevarnos al parque.

Solo nos hizo una petición a las mayores:

«Por favor, cuidar de ellos como yo he intentado cuidaros»

¿Quién podía decir que no al hombre que dio su vida entera por nosotros?  

Desde luego, yo no iba a ser ni seré quien rompa su promesa.

A partir de entonces, después de hacer los deberes y cada tarde de verano, iba al parque con los enanos. Hasta ahora, creo que no he sido consciente de la responsabilidad que acarreaba. Imaginaos que se perdiera o despistara alguno mientras yo estaba al cuidado.

¡A mi me daba un ataque cardíaco! (literal)

Desde entonces, comencé a generar una fobia horrible (que a veces persiste) a que se alejaran de mí o hicieran actividades en las que yo no estaba vigilándoles.

Si llegaba a casa y alguno de los niños no estaba porque se había ido con algún familiar o amigo, enloquecida y llena de auténtico pánico (no exagero, realmente era agotador), llamaba a la persona responsable y me aseguraba por mi misma que estaba donde decían que estaba.

No me fiaba de la palabra de mi madre ni de la de nadie, o lo comprobaba yo misma o no tenía validez.

Deseaba ansiosa la llegada de ellos a casa y aunque al principio era una obligación ir a recogerles a los sitios en los que estuvieran, se terminó convirtiendo en una necesidad. De ese modo, me aseguraba que estaban a salvo y protegidos.

Tuve que empezar a relajarme porque me estaba ahogando por dentro tanto nerviosismo. Se me viene a la mente las salidas por el paseo marítimo de Torrevieja.

De verdad, para mí era un sin vivir.

A pesar de guardar recuerdos preciosos de esa época, no se me olvida el cortocircuito que provocaba en mi cabeza el simple hecho de entrar a la marabunta de gente del paseo. Generé un miedo y repulsión a los tumultos fuera de lo habitual. 

Tranquilos, ya estoy más sosegada. Lo único que sigo haciendo de forma compulsiva hasta día de hoy es contar, contar y volver a contar que están todos conmigo.  La ecuación tenía que estar completa y no podía permitirme un fallo matemático de ese calibre.

 

PD: Gracias abuelo, porque me enseñaste a ser mejor persona y rescataste del fondo de mí, valores que creía escondidos u olvidados. Te estaré eternamente agradecida caballero de Blanca Armadura. Ahora te toca descansar allá donde estés. Fuiste más que un padre y así te recordaremos. Aquí sigue haciendo falta personas como tú que realmente sepan amar. Siempre estarás en mi corazón.

 

 

 

 

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