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Capítulo 2

Familia Bueno

 

 

Al principio, todo era normal. Recuerdo poco de cuando era pequeña, pero si hay algo que no se me olvida es el silencio. El silencio que reinaba en mi casa. No había peleas, las comidas eran tranquilas, encontraba mis zapatos a la primera, en definitiva, había paz y orden. Una paz y un orden que pronto se acabaron. Uno tras otro comenzaron a llegar de forma inesperada y sin consultar ni pedir opinión niños por doquier.

Y a partir de ese momento, todo cambió.

La vida daba un giro de ciento ochenta grados y pasé de ser la segunda hija de un matrimonio normal al puesto de mamá segunda colaborando a que no estallara el caos. El equilibrio empezó a caminar por un fino hilo en el que cualquier movimiento podía derrumbarlo todo.

Los gritos y las voces se instalaron de forma perpetua en casa, pero os aseguro que, poco a poco, te acostumbras a ello. Comenzaron a implantarse actitudes y acontecimientos hasta entonces desconocidos, al mismo tiempo que otras prácticas se quedaron en el olvido. Por ejemplo, los insultos que comenzaron a ser un hábito normal del día a día. De hecho, estoy segura de que los insultos se inventaron en mi familia.

No es coña.

Para poneros en contexto voy a presentaros a mis queridos hermanos. Somos siete chicas y cinco chicos, cada uno con sus rarezas y sus peculiaridades:

María Eugenia, pero para todos nosotros Mariu. Siempre ha sido la encargada de que la casa estuviera ordenada porque al principio, no sabía cómo manejarse con los niños. De carácter tímida, pero valiente, siempre está en continua evolución personal. La más chinche de todos, se encargó de poner motes a cada niño de forma bastante original. Casi todos hemos heredado la rareza social de mi padre y nos cuesta bastante entablar amistades nuevas y crear vínculos desde cero. Maria Eugenia y yo somos un claro ejemplo de la herencia de mi padre. Después de pasar por varias profesiones, (militar, profesora de educación física y otras más) decidió finalmente que su vocación era estar con los más pobres y cerca de Dios. A los 22 años comenzó el camino como Hija de la Caridad de san Vicente de Paúl y allí continua, sirviendo a los más necesitados. A ella, le debo el apoyo constante y las charlas en el baño cuando parecía que todo iba a derrumbarse. Su fortaleza y sacrifico eran las patas de una mesa que sin ella no se sostiene como antes. Mi confidente.

José María es aquel niño callado repleto de inseguridades que despierta de su letargo en ocasiones para decirnos que sigue aquí. Indeciso y sentimental, aún recuerdo como se emocionó cuando hizo la comunión. El ojito derecho de mi abuelo paterno, mi eterno caballero de blanca armadura. José María no se ha implicado en el cuidado de los niños y de la casa como María Eugenia y yo. Siempre le costó más entender que hay responsabilidades que, aunque no nos corresponden, debemos cumplir con ellas. Un rebelde silencioso que se enfoca en algo y exprime todas sus fuerzas para que salga bien.

Nohelia, la princesa del chorizo. De pequeña, y aunque le duela reconocerlo, deseaba a grito pelado ser hija única y evitaba jugar con nosotros para que no le rompiéramos sus trastos. Siempre llena de libertad, curiosidad y vida, eterna viajera del viento, le encanta reivindicar y defender las injusticias. La voz que siempre dice » lo conseguiré y perseguiré», la del timón de hierro y pétalos de sonrisas. La «larga» de la familia, con melena del color del viento y carácter de ráfaga pacífica en medio del desierto. Con elegancia de pasarela y desigual estilo, camina valiente por encima de quien le quite las ganas. Es la Marinera de rotas orillas. ¡Sigue dejando huella en cada playa escondida!

Jesús, pero para nosotros y especialmente para mi Tino. Él siempre será mi pequeño, aunque el tiempo haga estragos entre nosotros y nos convirtamos en eternos archienemigos. Uno de los que más tuve que cuidar y uno de los que más guerra me dio, pero volvería a luchar en cualquier batalla si necesitase un escudo para protegerse. Al contrario que el resto, le gusta conversar y sus habilidades sociales destacan muy por encima de las nuestras. El de corazón más tierno y sincero, pero enfurecido por las llamas del pasado. Aún tengo la esperanza de que vuelvan a brillar sin viento en contra que le abrase.

Raquel mi pequeña Raquelita. La adolescencia se adueñó de ella y la arrebató de mis brazos. Volvió herida y con más ganas que nunca de volar, y yo con más ganas que nunca de quererla. Directa y sin filtros, fuerte y luchadora, capaz de enfrentarse al miedo de frente y mirarle a los ojos sin pestañear. Guerrera.

Ahora, trataré de ser más breve porque este capítulo se puede hacer eterno si dedico a cada uno más de cinco líneas. Los que faltan aún son pequeños y todavía queda mucha historia por escribir de ellos.

Samuel sin duda es el mejor ejemplo de que insistiendo se consigue lo que uno desea. Junto a Verónica, eran los niños de mi habitación y yo me encargaba de todo lo que a ellos concernía. Verónica puede sacarte de quicio en menos de un segundo y hacerte llorar con palabras hermosas propias de un adulto. Mis esmeraldas…

Juanito es el niño de la eterna sonrisa. Nació con un don especial que no todo el mundo comprende. Su compañera inseparable mi abuela María, su ojito derecho y por él  se derrite.  Juan necesita más atención que el resto y en una casa con tantos no hemos podido darle toda la que se merece. Con 12 añitos, aún no sabe leer ni escribir, pero estoy segura que en algún momento lo conseguirá.

Nazareth es la tierna niña de labios carnosos. La más guapa de la casa, aunque siempre la digo que no tiene que creérselo, que si no el fantasma del ego y de la estupidez la atrapará. Humilde y cercana, rebelde y contestona. Maria Eugenia y yo nos peleábamos por cuidarla cuando nació. Estoy segura de que le espera un futuro brillante.

Uriel y Carmen mis dos pequeños tesoros, los dos renacuajos de la familia. Ellos miran la familia desde la perspectiva de ser los nenes del hogar, bastante más consentidos que el resto y mimados.  Cuando tenía Uriel seis años y Carmen 5 me fui de casa por lo que no he estado con ellos todo lo que me hubiese gustado. Ahora, los miércoles suelo quedarme a dormir en casa de mis padres para pasar más tiempo con ellos y no echarles tanto de menos.

Al fin y al cabo, son mis pequeños y me duele mucho separarme de su lado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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