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Capítulo 18

Mi Caballero

 

“Vuelve, que te estoy confundiendo con las flores”

-Andrés Suárez-

Maleta en mano, me dejé el corazón allí. Y arranqué. Con una nueva vida: en un nuevo lugar.  Y qué duro es aprender a decir adiós. Sus rostros. Sus rostros traviesos en la ventana sabían a sal y sus miradas hablaban de tempestad. Y qué duro, que duro fue despedirse con sus ojos atravesando el cristal.

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Llamé a la puerta de la casa de mis abuelos para decirles que no me iba para siempre, que mi corazón se quedaría allí, aunque mi cuerpo alado y helado volara con libertad enjaulada. Libertad.

Y le vi. Vi a mi abuelo sin su hermosa armadura blanca, desojando de lágrimas sus ojos y suplicando al miedo que escapara de allí y que yo me quedara en sus brazos para vencer juntos a los dragones que amenazaban y combatir al fuego con fuego sin dejar heridas/heridos, sin dejar manchas.

 Y yo, me vestí con su armadura el cuerpo y el alma. Fría. Sin derramar ni un pétalo, sin desojar margaritas. Tragué saliva y le di un abrazo de cicatriz. De cicatriz porque a ambos nos dejó marca. Manchas. Marcha…

Me fui a casa de mi abuela materna y allí estuve durante 3 meses viviendo. 3 meses de verano.

¿A ellos? Aún les veía. ¿Cómo no iba a hacerlo? A escondidas. Llamaba a la puerta del que fue mi hogar y allí sin atravesar la fina línea que nos separaba les saludaba. Les traía chucherías y en seguida, me marchaba.  De fondo, se escuchaba la afilada pregunta: ¿Quién ha llamado? Y con inocencia de niños me escondían tras su mirada.

29 de junio de 2015. Por ese entonces, estaba realizando prácticas en un periódico. Me estaba estrenando como reportera.  Había detestado toda mi vida poner en práctica esa faceta de los periodistas, pero comenzaba a cogerle gustillo.  Ese día estaba deseando que terminara la jornada para contarle a mi abuelo la nueva experiencia, decirle que podría verme en internet, que era reportera como las de la tele. Ver su ilusión y escuchar como siempre sus sinceras palabras: “estoy orgulloso de ti. Vales un potosí”.

Al salir tenía varias llamadas pérdidas en el móvil. Era sobre mi abuelo. Estaba muy malito.  Desde hacía muchos años, mi caballero de blanca armadura sufría la enfermedad crónica EPOC. Y le achacaba y le cortaba sus hermosas alas de gaviota.

Cuando era niña recuerdo ver desde la ventana de mi casa como se llevaban a mi abuelo en ambulancia. Y recé. Recé a quien me estuviese escuchando. En aquella niebla de sentimientos, pedí que el tiempo me diera más tiempo para demostrarle lo importante que era él para mí. Era como mi padre, pero sin la comparativa. Y me escucharon. Y mi abuelo alargando su estancia en la tierra con el vuelo ahogado, se quedó y vio nacer hasta la última de mis hermanas.

Aquel 29 de junio de 2015 algo cambió. Mientras terminaba de comer recibí la llamada que tanto temía. Descolgué el teléfono y mi abuela me dio la noticia. Se había marchado.

Ya no estaba.  Mi caballero. Aún eran jóvenes sus ganas, pero sus alas estaban rotas y aunque todos nos esforzamos en coserlas, ya no resistían.

Me puse frente a él para darle mi último adiós mientras tatareaba aquella canción que compusimos y que nunca pudimos cantarle. En vida: “volveré a convertirme gramo a gramo en tu gaviota, quiero ser tus alas cuando las tuyas estén rotas…” Así comenzaba…

Dicen que madurar es aprender a decir adiós, pero joder, me ahogaba. Demasiadas despedidas juntas. No sé quién movía los hilos allí arriba, pero se estaba cebando. Mi tía Conchita, su hija, se encontraba en Cartagena cuando le dijeron que viniera a Madrid, que el abuelo estaba muy malito. No le habíamos dicho que había fallecido porque iba al volante y teníamos miedo de que le pasara algo. Cuando entró por la puerta se respiraba en el aire su falta.  Y no tuvimos que decir nada más.

No nos enseñan a decir adiós a un ser amado, no nos enseñan a mirar de frente a la muerte sin acongojarnos. Sabemos que es una fase de la vida y que a todos tarde o temprano nos llegará, pero no nos preparan. Y cuando llega el momento de las presentaciones nos acojonamos. Y huímos de todos e incluso de nosotros mismos.

 

Ese día mis abuelos hubieran hecho 50 años de casados y la hermana de mi abuela paterna, Conce, cumplía años. Habría sido un día para celebrar. Habría.

Y desde ese día, me quedé eternamente acunándome en sus recuerdos. Y en mi mente se escuchaba el eco de su voz junto a su petición cargada de plumas, aquellas plumas que tanto le faltaban: “no dejes nunca de escribir”.

Y no lo hago abuelo, aquí sigo. Meciéndome en el filo hilo de realidad y ficción, cobijándome en la paz que me regalan las palabras y el perfume que desprende su vivo olor y color.

Me da vida, ¿sabes? Escribir me otorga calor, aquel que me hace falta cuando no encuentro tu mirada de caballero en ninguna dirección.

PD: a mi caballero de blanca armadura, boina en el pelo, traje de sentimientos y  alma de luz eterna. Mi poeta de chistes argentinos, de tardes en el retiro, de dar su vida aún sin aliento.

A mi abuelo que supo amar y ser amado.

Gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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