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Capítulo 17

Raíces

 

«Te has perdido quien soy»

-Vanesa Martín-

 

En un mundo con tantas distracciones no sabemos estar solos con nosotros mismos. Creo.

Y digo solos, SOLOS: sin coger el móvil, ver la tele, leer un libro…

Supongo que es porque intentamos abstraernos de  nuestros propios pensamientos a toda costa. A pesar de todo, pedimos y rogamos que nos escuchen cuando no sabemos ni escucharnos a nosotros mismos. (¿Por miedo…?).

Deseamos encontrar a personas que les interese verdaderamente lo que estamos contando, que se preocupen, hagan preguntas, ofrezcan consejos, presten atención, mantengan contacto visual, muestren sinceridad, sean cercanas y respeten.

Deseamos contar lo que nos ocurre sea bueno o malo.

Por esa razón, cuando encontramos alguien que conserva el don de saber escuchar deseamos desnudarnos por dentro y por fuera.

Por desgracia, no es muy frecuente encontrar a quien posea este don. Es más frecuente tropezar con Egolatría de frente que aplastante y Diva se tapa los oídos, omite tus sentimientos y como si nada responde narrando su historia.

Te corta el vuelo la muy cabrona: 

«Habías cogido carrerilla, ya estabas volando y, de repente,  te secciona las alas. No hay escucha sincera. Solo el egoísmo y la necesidad de hablar, aunque nadie te preste atención».

Desgraciadamente, no es muy frecuente hallar a alguien que posea este don, pero existen porque con el tiempo las prioridades cambian»

Quizá sea como encontrar luz en la oscuridad de un túnel. Quizá solo la descubras al final del camino (vida).

Tiempo. Danos tiempo.

A mí también me ha ocurrido. En innumerables situaciones:

 Decido desdoblarme de mis miedos y atreverme a contar un pellizco de mi vida y mis historias. Y después, y casi de forma perfectamente calculada, viene el vacío interno y externo.

No hay nada.

No hay interés o existe, pero les da miedo mostrarlo.

Nadie pregunta por si incomoda.

Maldita diplomacia, maldito protocolo, malditos miedos.

Y ahí, es cuando te quedas en la estacada, habiéndote desnudando por completo. De repente, te sientes ridícula y te avergüenzas por haber depositado confianza en una persona que tiene como única respuesta sus propias historias o incluso alude al tiempo y a sus inclemencias para esquivar el momento.

Tiempo. Danos Tiempo.

Y es que creo que la clave está en el tiempo. En mi caso, tan solo he podido tener conversaciones sinceras con personas con más edad que yo.

Ellas saben cómo duele que confieses tus alegrías, tus deseos y tus pecados y no haya interés.

Ellas saben que hay momentos en los que necesitas desplegar y echar a volar.

Sin pausas. Sin interrupciones ególatras. Sin titubeos.  

No es cuestión de marcarse un monólogo y convertirse en el centro de atención siempre, pero para todo hay un momento y para todos también.

Por culpa de Egolatría y su abrumadora presencia observamos como pasa el tiempo y como poco a poco vamos perdiendo a las personas que nos acompañan en el camino y no porque se hayan marchado lejos.

Están muy cerca, pero «se han perdido en quien te has convertido» por estar pendiente y observar tan solo sus dedos, sus pasos, su aliento. Y tú también te has perdido quiénes son.

Un día levantáis la mirada y sentenciáis firmemente: “has cambiado. Ya no eres la misma/o”.

 Y quizá sea así porque os habéis perdido los tatuajes de la piel, los bailes de salón, los llantos a escondidas, el segundo amor, las cicatrices, heridas, los versos y poesías.

Os habéis perdido quienes sois y cuando os dais cuenta, comienzais a escuchar, a querer de verdad, a aprender el arte de amar, el arte de escuchar, el arte de vivir, el arte de soñar.

Si. Lo confieso. A mí también me ha ocurrido y en innumerables situaciones me ha poseído Egolatría. Lo siento. Por eso, hay que estar preparados y aprender a escuchar porque ocurre.

Ocurre. Llega el día que tienes que descolgar el teléfono para contar una buena noticia y necesitas escuchar al otro lado un sincero: “me alegro tanto por ti…”

Ocurre. Llega el día que tienes que descolgar el teléfono para contar una mala noticia y deseas escuchar al otro lado un sincero: “voy para allá”.

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Y sí, a mí también me ha pasado.

Llegó. Llegó el día que tuve que marcharme de mis raíces, arrancar las malas hierbas y sembrar en otro lugar. Crecer sin adversidad. O con ella, pero en otro sitio, en otro corazón, en otro hogar.

Una noche de mayo la puerta se cerró de golpe y tras un fuerte portazo nunca más volvió a abrirse o al menos, no como antes.

De raíz. Arrancaron mi alma de la raíz de sus corazones y me fui como si fuera una extranjera, una reclusa, una desertora. Maleta en mano, me dejé el corazón allí. Un trocito de aquella niña se quedó en el que había sido mi hogar. 

«Les he dejado. He fracasado, me he rendido”

Y en aquella noche de mayo no quería hablar, tan solo quería abrazos. Yo. La chica ortopédica en emociones y sentimientos.

Y por las calles de Madrid, el único refugio al que podía acudir era mi familia…

Pero,  ¿qué ocurre cuando la familia te falla?…

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Por eso existen otro tipo de familias: las que creamos a lo largo de nuestra vida. Aquellas que te responderán y descolgarán el telefóno y dirán un sincero: “voy para allá”.

Un confidente para romper a llorar en playas con mareas altas. Alguien que sepa escuchar cada gota que derramas.

Esa noche toqué fondo por primera vez desde hacía mucho tiempo y no quería consuelo.

“Negarse a escribirlo no lo hace menos verdad” Me repito cuando estoy con “Soledad”.

Ellas. Nunca me faltaron: la voz de la experiencia, la voz de Ellas quienes saben lo importante que es que alguien esté a tu lado y te escuche, nunca me soltaron, pero, ¿dónde estaban las demás? ¿dónde estaban esas “chicas poderosas para tirarme sus cables y sacarme de allí?

Sin querer, esa mañana solté en forma de manantial de tristeza mis palabras a un confidente, pero lo hice porque no podía más. La realidad era que no quería hablar. Incluso hoy aún  me da vértigo confesar parte de lo que soy.

Quizá  porque esos días eché en falta tener al otro lado “una chica del cable” que se preocupase, hiciera preguntas, me ofreciera consejos, me prestara atención, mantuviese contacto visual, mostrase sinceridad, fuese cercana y me respetara. Fuese bueno o malo lo que tuviera que contarle. Lo que tuviese que contarme.

Estar. Como “Ellas”, la de las voces de la experiencia que siempre estuvieron.

Siempre están. Con mareas altas y bajas. Están.

Somos un puzle, ¿sabéis? Estamos hechos de historias y cada una de ellas perfila poco a poco nuestra forma de ser y vivir. La pieza de la noche de mayo en el puzle de mi vida se encuentra muy cerca del corazón. Y si te pierdes una, es posible que no entiendas el puzle completo.

Somos piezas, si,  pero ¿quién las conoce todas? Ni siquiera nosotros porque nos da miedo estar a solas con nosotros mismos.

 Se han perdido quien soy, sí, pero  yo  también me he perdido muchas veces. Y también les he perdido.

Y en eso estamos, encontrándonos en el camino de la vida para aprender a escuchar, aprender a amar. Aprender.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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