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Capítulo 16

Vida

 

“Confía en el tiempo que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”

-Miguel de Cervantes-

Recuerdo decirle a mi padre que no quería más hermanos y también recuerdo su respuesta:

– ¿No te hubiera gustado haber conocido a Jesús? ¿o a Nazareth? ¿a Samuel o a Verónica? Pues lo mismo te ocurrirá con el que venga – decía mi padre

Eso no es justo contestaba yo.

Mi madre volvió a quedarse embarazada después de Carmen, la última de mis hermanos, pero intentaba ocultarlo.

Una postura lógica si se tiene en cuenta la reacción negativa que reinaba más que la ilusión ante la noticia de un nuevo niño o niña

Lo ocultaba.

Ainhoa:  ¿No lo has notado?

Mariu:  Si, pero, ¿tú crees que puede ser posible? ¿otra vez?

Ainhoa:  ¿Te extraña? Mira, me da igual se lo preguntamos y salimos de dudas…

 

–  Mamá, ¿estás embarazada otra vez? – dije yendo directa al grano.

– ¡No! pero qué tonterías dices hija- respondió sorprendida.

Ya. Mamá, ¿te crees que somos tontas, ¿verdad? – insistió mi hermana.

Bueno, si estoy embarazada ya el tiempo lo descubrirá. Además, ¿qué más os da? contestó sin titubear

No os metáis donde nos os llaman guapas– intervino mi padre en la conversación.

¿Qué no me metiera donde no me llamaban?

Tendría sentido si luego no me llamaran.

1ª Incoherencia.

Permítanme madres y padres de familias numerosas hacerles la siguiente reflexión:

Sea por el motivo que sea, religioso, espiritual o porque les haya dado la gana como es el caso de mi gran familia…Créanme, no estaría de más consultar cuál es la opinión del resto de hijos e incluso si me apuras de la familia en casos como el nuestro en los que ayudaban a todos los niveles, pero sobre todo, económicamente con el 50% (y más) de los gastos.

 

Ya éramos muchos, estábamos cansados física, moral y económicamente. No tenía ningún sentido seguir teniendo más hijos, más hermanos. Aún así, seguían negándo que estaba embarazada de nuevo. Por esa razón,  y ante la sospecha, mi hermana y yo nos pusimos en alerta.

Por si acaso.

Deseando no encontrar señales.

Al tener los embarazos tan seguidos era difícil que la tripa volviera a su ser, por lo que ni mi hermana la mayor ni yo  podíamos dejarnos guiar por esa indicación Teníamos que ser más astutas y prestar atención a otro tipo de detalles para adivinarlo.

Adivinen ustedes.

Y entonces, llegó la señal.

Una señal clara, nítida, palpable, viva y muerta.

Verano de 2010

Una tarde de verano en el pueblo mi madre no se encontraba bien. Llevaba dos días con sangrado vaginal.

Mi hermana y yo nos alegramos porque creíamos que era el periodo, que le había bajado la regla, que no habría nuevo hermanito, que las elucubraciones que nos habíamos hecho eran solo eso, elucubraciones.

Hasta entonces ni mi madre ni mi padre habían dado la noticia de que estaban embarazados por lo que era posible que no fuera verdad.

A la mañana siguiente, mi madre continuaba con los mismos síntomas.

Ya era el tercer día. Continuaba en la cama para recuperar las fuerzas que le faltaban.

Por la tarde, se animó a  bajar las escaleras de la casa.

Falsa alarma. No se encontraba mejor, tan solo quería ir al baño. 

Entró y al cabo de unos segundos oímos un grito ahogado en lágrimas. Mi madre abrió la puerta del servicio desesperada como si le hubieran arrancado algo.

Y es que eso es lo que había ocurrido.

Un caudaloso río rojo caía con fuerza entre sus piernas.

¡Jesús llama a urgencias! ¡Madre mía Jesús! ¡Dios mío! – y temblaba ella y su voz.

Mientras llamaban a urgencias, la llevamos a mi cama en la habitación de abajo para que se tumbara.  

A la espera de la llegada de los profesionales, nuestra vecina del pueblo y yo intentábamos dar conversación a mi madre porque poco a poco iba perdiendo la conciencia.

En un pueblo perdido y alejado de la mano de Dios, ni si quiera su fuerza llegaba.

Y tardaron, pero vinieron.

Cuando entraron por la puerta, mamá ya no acertaba a decir frases con sentido.

– Ha perdido mucha sangre- dijeron los médicos

Llevaba sangrando tres días, pero pensábamos que podía ser normal– respondió mi padre

La cara de incredulidad del enfermero fue su única y sincera respuesta.

La cogieron de pies y manos porque mi madre no era capaz de ponerse de pie. Desde fuera de la casa, los niños y yo esperábamos.

De repente, tras escuchar un anegado grito, entré con la intención de ayudar y vi como en volandas llevaban a mi madre  hacia la ambulancia.

Inverosímil: un chorro  de sangre era lo único que nacía  y crecía del cuerpo inmóvil de mamá.

Y a su alrededor llovían manantiales de rabia y desesperación.

¡Joder!

– Sal de aquí cariño. Idos a casa- nos decía nuestra vecina al ver la angustia en mi rostro.

Y eso sentía. Angustia.

Se la llevaron.

Nos quedamos al cuidado de la vecina, limpiando las sábanas, el suelo…todo.

Lorena la hija de nuestra vecina nos ayudó a sacar las sábanas, a meterlas en la lavadora y a tenderlas. No lo olvidaré nunca. Ni a ella ni a su sonrisa tampoco…

Me había quedado en shock total.

No quería un nuevo hermanito, pero tampoco quería que le pasara nada malo a mamá.

Y me sentí culpable por ello, por mis pensamientos. 

Mi madre estaba de 3 meses cuando perdió el bebé.

No era la primera vez que sufría un aborto. Entre mi hermano José María y yo tuvo otro. Sin duda, la peligrosidad y el riesgo de este y el embarazo número 14  no tenían parangón.

No recuerdo cuántos días estuvo ingresada. Solo recuerdo que cuando regresó nos dijo que el médico le había recomendado parar por cuestión de salud. Eran muchos embarazados a las espaldas y el cuerpo resentía el peso.

Cuando sufres un aborto suelen recomendarte reposar durante 3 meses para dejar curarse al cuerpo por dentro. En el caso de mi madre, tendrían que esperar más si aún les quedaban ganas.

Y les quedaban.

A los tres meses del incidente de nuevo volvieron a intentar quedarse embarazos. Y lo consiguieron. 2º Incoherencia.

En Madrid una madrugada cuando todos estábamos durmiendo me despertó mi padre alarmado.

Era Mamá.

Otra vez.

Joder mamá, ¿en serio estás embarazada?- le decía mientras llevaba una pila de gasas para calmar la hemorragia.

No, es que tengo unos bultos que a veces me hacen sangrar

Venga, ¡hostias! ¡Deja de mentir!

Paré de insistir. Estaba claro que no quería decir la verdad y tampoco era el momento para interrogarla.

La llevaron a urgencias y allí le practicaron un legrado o curetaje, una técnica quirúrgica que puede realizarse dentro de los primeros tres meses y es que de nuevo había vuelto a perder al bebé en el mismo mes de embarazo.

“Un desgarro interno” así lo definía mi madre.

“Ni partos ni nada. Aquello sí era dolor”, confesaba.

Tras este episodio, los médicos insistieron en la necesidad de realizarle a mi madre las trompas de Falopio o una vasectomía a mi padre. Daba igual qué remedio escogerían, pero debían acabar con aquello. Eligieron la primera opción.

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Con el paso de los años mi madre me confesó que en el segundo aborto, aquel día en el pueblo en el que perdió tanta sangre, los médicos le habían dicho que había estado a punto de perder la vida por insistir en seguir dándola.

 

No quería hermanos, pero tampoco perderla. Eso estaba claro.

 

Una noche se sentó a charlar conmigo y me desveló la enorme pena que le había producido perder a los dos últimos bebés. Y yo no podía entenderlo:

Pero, mamá si ya tienes muchos hijos…

Ella creía firmemente que la llegada de un nuevo miembro a la familia haría cambiar el rumbo de la vida que se torcía cada vez más. Un apoyo para enderezar el camino. Y me lo reconocía mientras se le inundaban de lágrimas los ojos.

Seguía creyendo. 3º Incoherencia.

Y mientras la escuchaba me sorprendieron mis propios pensamientos:

«Ojalá hubieran nacido. ¿Más trabajo? ¡Bah! Somos 12 uno más no hubiera sido para tanto, ¿verdad?…»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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