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Capítulo 14

Cadenas

 

“Un valor esencial en una sociedad es la obediencia voluntaria de las normas. La sociedad que no lo reconoce está siempre al borde de la extinción.» Jorge González Moore.

 

Ese era mi remedio para que la culpabilidad no ardiera en mi interior. Era sencillo, seguir las normas y actuar como debía.  Siento deciros queridos lectores que no soy rebelde, soy de peñón fijo y no puedo evitarlo.

No soy guerrera ni llevo armaduras blancas. Sin embargo, me duelen tanto las injusticias como a quien las sufre porque tengo la maldita desgracia de en ocasiones ser demasiado empática. Y digo desgracia, porque en una conexión totalmente lógica (ironía), a veces identifican la empatía con la estupidez, la ignorancia y la debilidad.

Y no soy guerrera, pero soy fuerte.  

No soy rebelde, pero protesto, grito y a veces vuelo libre frente a las miradas de quienes se creen que son los dueños de mis sentimientos.

No soy rebelde, pero me duelen los míos y podían y pueden arañar mi espalda y dejar cicatrices, pero dejen en paz a aquellos que siento cerca.

Y me daba igual enfrentarme a dragones con aliento a tiempo, recibir latigazos del viento, mirar al miedo a los ojos y confesarle: ¡Ni si quiera te odio!…

pero, ¿se puede? ¿se puede no ser rebelde y levantar la voz?

 Una vez me preguntaron:

– ¿No sientes cómo si fueras distintas personas a la vez, dependiendo de con quién te encuentres o el escenario en el que estés? Si es así, es porque aún tú personalidad está vestida de miedos.

Camaleónica: así era mi alma: cobarde cuando tenía que serlo, valiente cuando no había más remedio, alegre si lo pedían, triste si lo deseaban.

Camaleónica porque me adaptaba a la situación, me disfrazaba de princesa en apuros o de tímida, de mujer diamante o de amante perdida.

Y no lo comprendía, ¿es que acaso no puedo ser todas ellas? ¿no puedo ser cobarde y valiente a la vez? ¿ser tímida y rebelde? Con el paso del tiempo he ido consolidando mi postura.

Sí, creo firmemente que cada una de ellas era yo: la cobarde, la valiente, la alegre, la triste y la rebelde. Todas ellas se unen y dan forma a mi ser.

Todas.

La que se enfrentaba a sus dragones, la que se escondía para que no la encontraran, la que gritaba cuando las palabras dolían, la que frenaba los golpes a tiempo, la que callaba, la que echaba de menos y de más en el baúl de los recuerdos, la que creía en el resto, la que quería y odiaba sus demonios internos.

Todas ellas.

Sin embargo. poco a poco comprendí cuál era el problema de dividir el alma en tantas partes. Es un acto involuntario que ponía en práctica para protegerme, quería ser aceptada y si hacía falta dividir mi personalidad para adaptarme a los escenarios de la vida, lo hacía.

Me sacrificaba. Un gran fallo.

Actuar de esa manera era una forma de proteger mis inseguridades. Solo con el tiempo pude darme cuenta de ello y cuando lo hice grité y mostré al mundo como cantaban mis adentros y como emanaba poesía de mis llantos.

Me propuse dejar de disimular  palabras y  abrazos.

Y fue entonces cuando las múltiples partes de mí se unieron para conformar mi personalidad.

Juntas las piezas eran AINHOA. Daba igual  el escenario: podía mostrarme débil y alegre, loca y equilibrada, radiante y triste.

Era yo.

Llegar al nuevo pueblo fue todo un reto para mí: me consideraba una chica madura en algunos aspectos importantes, pero en otros patinaba y mucho. Y así, iba por el mundo como muchos adolescentes: con mi personalidad camaleónica divida para contentar a los de mi alrededor.

Mi relación con Raúl iba tomando buena dirección. Me gustaba cómo era cuando estaba con él. 

La primera vez que Raúl me pidió salir le dije que no porque antes estaban mis hermanos. Todos los viernes tenía que estar con ellos porque mis padres se marchaban como recordaréis a salvar el mundo de la mano. Y aunque la rebeldía quería instalarse en mí y saltar, al final ganó esa batalla la culpabilidad.

A Raúl le di una verdad a medias: no tenía tiempo porque había mucho que estudiar, así que no podía salir con nadie. Y a pesar de la tan absurda respuesta que le colé (ni que fueran oposiciones), me esperó.

Dijo que lo haría  y, a día de hoy, lo sigue haciendo.

En esos momentos en mi casa, decidí hacer huelga. Estaba cansada de tantas tareas y agotada de la culpabilidad que me oprimía por no hacerlas. Y huía de allí.

Huía de mí.

Pero al final, todo quedaba en un mero intento porque siempre regresaba.

Me quedaba.

También me liberaba salir a la calle  con mis amigos/as. Mi plan de escape.

Cuando podía utilizaba mi plan de escape  y partía mi alma si hacía falta para disfrutar, pero de repente el plan de escape se tornó gris. Mi plan B se había quebrado.

En el exterior nadie me estaba esperando. Las personas me recibían con los brazos cerrados.

El mundo fuera de las paredes de mi castillo de arañas me daba la espalda. Se reía de mis sombras y jugaba a arrastrar mis miedos por las plazas públicas 1.0.

Y así fue, como mi escape hacia la tranquilidad se quebró junto a mi esperanza.

Me juzgaron y condenaron.

En esos momentos, salir a la calle no me liberaba. Cuando salía de casa para buscar cobijo, tan solo encontraba arañazos.

Más arañas. Fuera y dentro.

Miradas, palabras, desprecios, sentencias, injurias y agravios…

Os juro que intentaba no quejarme ni mostrar pena, pero ¡joder Vida, te estabas pasando!

Y lo afronté como creía que haría menos daño: en vez de vestirme con armadura negra como me hubiera gustado y frenar el problema con una estocada en su núcleo interno, decidí disfrazarme de indiferencia o a veces mal reconocida  cobardía e incluso falsedad. Tenía batallas más importantes que ganar.

Me había enfrentado a dragones más grandes y ya no les tenía miedo, pero estos fantasmas me bloqueaban con sus cadenas. Condena.

“La única cosa realmente valiosa es la intuición” Einstein.

Y, aunque no sabía que Einstein había formulado esta frase tan potente, estaba convencida de que mis fantasmas no eran irreales. ¡Existían, querían asustarme y provocarme miedos!

“No hay nada ni nadie, son tus demonios” me decía valiente “mi equilibrio”

¡No! Sentía su rubor, odio, desprecio, rabia…

Mi plan de escape se fundía y me quedaba atrapada en un laberinto con tardes de gritos y días de menosprecio. Algo tenía que hacer para quitarle la manta a mis fantasmas, prender fuego a sus ideas, mostrar su rostro y reprimir sus ganas de dejarme sin alas.

Algo tenía que hacer.

Y lo hice.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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