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Capítulo 10

Tarde de verano

 

En Pinilla organizarse con los niños era mucho más sencillo. Nuestra casa parecía estar situada de forma estratégica frente al parque del pueblo, convirtiéndose en un enclave ideal para controlar a los enanos y al mismo tiempo reunir a todos a las horas de las comidas con tan solo un chillido. ¿Es o no es esto el paraíso?

Un paraíso con camas plegables, pasillo estrecho, un baño solitario, ropa por los rincones y trazados en las paredes. Para una familia tan grande se hacía pequeño, pero era nuestro reducido Edén.

Como habréis ido descubriendo crear amistades desde cero no es una de mis mejores habilidades, así que me daba una pereza horrible enfrentarme de nuevo a esa situación.

Esa fue la razón por la que el primer año que estuvimos en Pinilla no hice el esfuerzo por encontrar a [email protected] de mi edad con los que sociabilizar, es decir, estuve todo un año yendo a Pinilla los fines de semana sin conocer a nadie nuevo. ¿Es o no es un “record? ¡Veamos lo positivo! 😉

En mi defensa, he de decir que en mis paseos por el pueblo pocas almas se veían. Y de encontrarme con ellos, las conversaciones no fluctuaban. Poco a poco.

Un día mis hermanos y yo descubrimos que había una casita en el pueblo abierta que tenía un interior casi completamente equipado: había mesas, sillas, televisión, futbolín e incluso ordenadores en la segunda planta.

En el resto de pueblos de la sierra de Madrid ya nos habíamos encontrado con lugares similares por lo que no nos extrañaba. En algunos los llamaban “La casa de la cultura”, en otros “Las escuelas”, “El Capi” y aquí en Pinilla lo llamaban “El Ayunta”. Era y sigue siendo un lugar en el que los niños, jóvenes y no tan jóvenes se juntan durante el día y la noche para cobijarse del frío en invierno y del calor en verano.

Cualquier excusa es buena para acudir allí. Un punto de encuentro.

En una de las escapadas de mis hermanos y yo por adivinar los escondrijos del pueblo nos encontramos con chicas de nuestra edad. 

Después de 1 año dando vueltas ya era hora. Quizá nos habríamos tropezado con ellos en otras ocasiones, pero era la primera vez que nos relacionábamos.

Tras esa primera toma de contacto, poco más volvimos a coincidir salvo “holas” y “adioses”. Sin embargo, y contra todo pronóstico, una Nochevieja tocaron a la puerta de casa y nos invitaron a formar parte de su fiesta. Creo recordar que no fui. Aún no estaba preparada (aunque todavía no sé para qué tenía que estarlo).

La llegada del verano hizo todo más fácil. Pinilla se llenaba de chicas y chicos de mi edad. Y ahora sí, comencé a unirme más a su pequeño grupo.

Estupendo. De nuevo, me sentía acogida y me gustaba. 

Quizá más acogida por los chicos en ese momento, pero es razonable teniendo en cuenta la edad que teníamos con nuestras hormonas a flor de piel. 

Recuerdo también que mi hermana mayor tomando una actitud un poco más radical desistió y se conformó con dar paseos acompañada de nuestros hermanos o sola. No quiso formar parte del plan de escape.

Fue en uno de esas tardes de verano cuando vi bajar en sus bicicletas a 4 o 5 chavales del pueblo de al lado, san Mamés.

Me fijé en uno de aquellos chicos: moreno como el azabache, de fisionomía delgada y atractivo. Muy atractivo a mis ojos.

Ya me habían advertido las chicas de un tal “Raúl” de un pueblo cercano y me habían hablado bastante bien de él, pero hasta ese día no le conocía. Inmediatamente, pregunté:

¿Quién es?

Y si, era él. Raúl.

En ese preciso momento solo tuve ojos para él. Mi baja autoestima y mi negación ante la existencia del amor bloqueaban mis pasos. ¿Por qué? Además de todo lo que desvelé sobre mi visión del amor en el capítulo anterior, había otro obstáculo.

Durante el Instituto estaba perdidamente embelesada por un chico (en esas edades nos enamoramos hasta de nuestras mariposas). Y como no, siguiendo el deshilachado cordón de mi vida, el chaval no me hacía ni caso y cuando lo hacía…

¡Madre mía cuando lo hacía! ¡Me recreaba en la situación 100 mil veces!

 No os creáis que fue pasajero. ¡Ni mucho menos!

He de confesar que incluso cuando empecé a salir con un muchacho a los 16 años, mi mente seguía pensando en este amor imposible del colegio. ¡Pura obsesión! (espero que no lea esto nunca).

En base a esta experiencia y viendo lo que arrastraba, desde luego que por probabilidades tenía un porcentaje pésimo de captar la atención de Raúl.

Y tampoco iba a hacer nada para demostrarle mi entusiasmo hacia su persona.

¡Bah!

Tan solo jugaría con miradas y sonrisas y si eso no funcionaba, ¡fuera!

Madre mía que complicado hacia todo. (Y lo sigo haciendo)

El caso es que él me miraba.  Y aun siendo yo el pesimismo en persona, lo percibía. ¡Flipad!

Una bonita oportunidad de conocerle mejor se me presentó cuando comenzaron las fiestas de su pueblo. Me dijeron que quería conmigo, pero junto a su nombre, me ofrecieron los de otros más.

Y de entre ellos tenía que elegir.

 A ver, recapitulemos, ¿en serio? ¿Pero qué broma era esta? ¡Menuda gracia!

Gracias a mi estupenda, genial y pasmosa actitud positiva, creí que se reían de mí  y rechacé cualquier oferta.  Sentí que me tomaban el pelo y no iba a consentirlo.

¿Y sabéis qué? A pesar de ello, no se rindió y eso me ganó para siempre.

Utilizando una estratagema un poco extraña, esa noche finalmente nos encontramos él y yo solos. Y como si le conociera de toda la vida, sin miedo a “desnudarme” ante él hablamos como si fuéramos más que amigos. Y a partir de ese momento, lo fuimos.

Amigos.

Y más.  

 

 

 

 

 

 

 

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