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Amor clandestino

 

 

 

A aquellos/as que  saben disimular 

 

Pero qué bien disimulamos.

Qué bien disimulamos el amor que nos tenemos y las ganas de besarnos.

Qué bien disfrazamos los sentimientos que afloran, las ansias locas de abrazarnos.

Qué bien ocultamos nuestros deseos constantes, nuestra piel erizada por el tacto.

Y, es que, qué bien disimulamos.

Somos expertas en callar miradas,

Maestras en silenciar verdades.

Y especialistas en esconder pasiones.

Enjaulamos nuestras alas por miedo a que su aleteo despierte emociones

A veces luchas internas se despiertan y ocurre.

Anoche cazé a mis sentimientos intentando volar a tu ventana

Para gritar a cualquier viento que le faltes a este lado de la cama.

Pude atraparle y le aprisioné y desde la esquinita de su cuarto volvió a confesarme sus porqués:

  • Extraño sus labios sabor a miel. Deja que me escape a su encuentro otra vez.

  • No debemos, no está bien.

  • ¿Tienes miedo?

  • Al qué dirán.

  • Tienes miedo a escucharte y reconocer que es verdad

  • ¿El qué?

  • ¡Qué la quieres!

  • No puede ser. ¡Cállate ya!

Y se apaga. Silencia, duerme, pero no muere. Vive en su alma.

A veces falla en ese intento por esconderle al mundo y a ella su amor clandestino, vacío de esperanza.

Pero qué bien disimulamos, qué bien enmudecemos palabras.

  • Deja que vuele, que me escape a arropar sus mañanas – me vuelven a suplicar desde dentro mis deseos.

Y, aunque somos expertas, a veces se falla.

Y, entonces, abro puertas y ventanas.

Y se escapa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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